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Joaquín Rábago

¡Cuidado con ciertas metáforas!

La referencia de Borrell a Europa como un jardín significa sobre todo la total falta de reconocimiento de cómo el continente pudo alcanzar esa prosperidad de la que sus ideólogos liberales tanto se ufanan.

El Alto Representante de la Unión Europea para Política Exterior, Josep Borrell. EP

El Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, no ha tenido mucho éxito con su última metáfora. El político socialista español no es precisamente un hombre de matices, sino más bien de trazos gruesos, lo cual le permite muchas veces, es cierto, lograr titulares.

El también hoy vicepresidente de la Comisión Europea se refirió al continente europeo como «un jardín» y lo contrapuso al resto del mundo, que calificó de «jungla que podría invadir el jardín».

Es cierto que luego trató de aclarar lo que había querido decir en su discurso ante los jóvenes en el Colegio Español de Brujas, pero el daño estaba hecho a juzgar por las reacciones de algunos gobiernos.

No es que las críticas le hayan llegado precisamente de países dignos de elogios por su respeto de los derechos humanos como Irán o Emiratos Árabes Unidos, que calificaron inmediatamente sus palabras de «racistas» o de fruto de una «mentalidad colonialista».

Al parecer, lo que quiso decir Borrell es que Europa debería implicarse más en lo que ocurre fuera de su espacio geográfico, pues, en caso contrario, el continente se arriesga a ser invadido por los nuevos bárbaros.

Puede que Europa sea un jardín para algunos, al menos si lo comparamos con lo que ocurre en ciertas partes del mundo, incluidos EEUU, pero para muchos otros, seguramente la mayoría, el supuesto jardín está lleno de zarzas y espinos.

Podríamos hablar, por ejemplo, del tremendamente desigual reparto de la riqueza, de la degradación de los servicios públicos, de las puertas giratorias, de la creciente precariedad de los jóvenes, de ciertas leyes antidemocráticas, de los problemas con la justicia, de la corrupción y de tantas otras cosas.

Pero no es sólo eso: la referencia de Borrell a Europa como un jardín significa sobre todo la total falta de reconocimiento de cómo el continente pudo alcanzar esa prosperidad de la que sus ideólogos liberales tanto se ufanan.

¿Habría podido llegar Europa adonde sus cantores dicen que está hoy sin algo tan evidente como la brutal explotación de los recursos tanto humanos como naturales de otros continentes?

¿No deberíamos los europeos estar avergonzados, por ejemplo, de los más de diez millones de africanos sacados por la fuerza de su hábitat y enviados a América del norte y del sur como esclavos?

¿No debería avergonzarnos también el robo masivo por los europeos de las riquezas de otros pueblos a los que como compensación nos jactamos de haber llevado nuestra religión y nuestra lengua?

Nosotros, los europeos, los hombres del progreso tecnológico y de los derechos humanos, ¿no hemos legitimado a lo largo de la historia todo tipo de abusos frente a los pueblos que siempre llamamos ‘atrasados’ cuando no directamente ‘salvajes’?

¿No ha funcionado siempre nuestro progreso como una especie de instrumento de justificación moral? ¿No oculta en el fondo un racismo que es fruto de la superioridad que siempre nos hemos atribuido?

Y no hace falta siquiera remontarse en el tiempo: ¿no están actualmente las grandes corporaciones de Occidente explotando los enormes recursos del continente africano, apoyando a sus dictadores siempre que sirvan a nuestros intereses?

¿No están haciendo muchas de esas empresas enormes beneficios a costa de la explotación del trabajo infantil, muchas veces en las minas, o pagando salarios de miseria mientras dicen querer sólo ayudar al desarrollo del continente africano?

¿No perjudican a millones de pequeños agricultores de esos países las generosas subvenciones de la Política Agraria Común?

Si hasta el presidente francés Jacques Chirac reconoció en un raro momento de sinceridad: «Hemos sangrado a África durante cuatro siglos y medio». Y en otra ocasión: «Sin África, Francia descendería al rango de país tercermundista».

No, señor Borrell, no fue la suya una metáfora afortunada.

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