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MIRANDO AL ABISMO

Valor y precio

Las guerras son un ejemplo de fenómeno colectivo en el que los que deciden el curso de las acciones y los hechos, rara vez se ve afectado por las consecuencias

Soldados de Ucrania en la ciudad de Lisichansk Rick Mave / Zuma Press

Mi padre siempre me ha dicho, y ahora yo se lo digo a mis alumnos, “que hay cosas que no valen lo que cuestan”. Estamos con esta frase aludiendo un viejo debate social sobre el valor de las cosas y en algunos casos sobre el de las personas también. Vivimos tiempos convulsos en los que la guerra vuelve a tocarnos con relativa cercanía y la vida, en algunas partes del mundo, parece no valer nada y las personas se convierten en trastos viejos que apilar en algún lugar en el que no estorben mucho.

Las guerras son un ejemplo de fenómeno colectivo en el que los que deciden el curso de las acciones y los hechos, rara vez se ve afectado por las consecuencias. Además, cada individuo tiende a suprimir su voluntad para sumarse a esa causa común, que es muy posible que ni siquiera forme parte de su lista de prioridades ¿Por qué sucede esto? Lo que ocurre es que en estas ocasiones nos sentimos parte de un todo, como cuando la selección española ganó el Mundial y lo anunciábamos diciendo: “hemos ganado”. Este sentimiento nos hace, en el caso de la guerra, ver a los otros, que son tan iguales a nosotros y tan diferentes, como enemigos, como los malos…

Con una profunda tristeza constato que, aunque ahora todos vamos a la escuela y se supone que aprendemos allí todo lo que pasó antes de nosotros, no hemos aprendido nada. Quizá este eterno retorno casi nietzscheano de la historia sea debido a la que la oímos en clase, pero no la escuchamos. Nos parece algo lejano, extraño, como de esas películas de acción que vemos los sábados por la tarde tirados en el sofá. No parece algo que pueda pasarnos a nosotros, aunque ya nos haya pasado. Esto me llevó a pensar en Putin y en Ucrania (y en las similitudes que tiene esto con otra guerra que se estudia en clase) y en la alarma de pruebas del gobierno español y en la inflación y en cómo se lo voy a explicar en unos años, con tristeza, a mis alumnos.

Tal vez por esto últimamente recuerdo con frecuencia la casa de la abuela, el olor a tiempo sin estrenar que salía de la cocina y la inocencia que aún tenía, la misma inocencia que deberían tener todos los niños. Mis únicas preocupaciones eran robar el chocolate del mueble del salón, no dejar a mi tío dormir la siesta y sobornar al abuelo para que me dejara ver los dibujos.

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