Una bruja vuela caminando por el suelo con su cara arrugada de caramelo, su gorro viejo recién comprado es de la mitad de su altura, tiene una sonrisa malvada de niña buena, corretea por el parque con la alegría de un día de fiesta, la persigue un Frankenstein de metro y medio con los brazos estirados caminando lento por atajos, parece que no tiene prisa, pero casi siempre llega y la bruja carcajea entre asustada y divertida. A unos metros de allí una horda de zombis ha conquistado la zona de los columpios y se deslizan por toboganes gigantes que retuercen en sus giros los pequeños cuerpos y los escupe a la tierra de donde salieron, chorrea el maquillaje de la cara con el paso del sudor configurando un rostro todavía más terrorífico.

En la escalera de un edificio cualquiera se oye el eco de unas risas y de pequeños pasos correteando por los pasillos, bajan y suben las escaleras una pandilla de niños fantasmas que llaman a las puertas con una bolsa llena de chocolatinas y golosinas esperando llenarlas aún más, truco o trato, ese es el truco, ese es el trato. Una mujer abre curiosa la puerta y aparecen ante ella los pequeños fantasmas mirando hacia arriba con la ilusión de las expectativas, se hace la asustada y se asusta su pequeño hijo agarrado fuerte a la pierna que asoma tímido la cabeza: más caramelos para la bolsa, más risas, más correteos, la luz del rellano se apaga y se asustan los que quieren dar miedo.

Sobre una tumba bien cuidada, una vela encendida ilumina los recuerdos de la persona que la visita, la noche sobre el cielo ambienta los sentimientos de despedida, otro año más sin su compañía, la soledad se funde como la cera de la misma vela ante una conversación imaginaria poniendo al día a aquella persona tan querida.