En dos ocasiones, durante la última década tuve el honor de escribir, siempre con emoción, sobre el soldado Bill Millin. Aquel jovencísimo gaitero escocés que desembarcó con los aliados el 6 de junio de 1944 en las playas de Normandía. Ya no pararían hasta apagar los últimos rescoldos de los fuegos luciferinos del nazismo en una Europa martirizada. Una de esas hermosas playas de la Francia ocupada había recibido de los atacantes el nombre secreto de Sword Beach. La playa de la espada. Nunca mejor dicho.

El desembarco en Sword le tocó a los británicos. Cuando las primeras oleadas de soldados llegaron en sus lanchas el fuego cruzado de las defensas alemanas estuvo a punto de hacerlas pedazos. Al principio todo fue una espantosa carnicería. Cada ráfaga de las ametralladoras pesadas de la Wehrmacht se llevaba por delante a un buen número de atacantes aliados. Según testimonios de algunos soldados alemanes, varias veces tuvieron en su punto de mira a alguien que sólo podía ser un loco. Quizás por eso no lo mataron. Un joven gaitero escocés, con su ‘kilt’ y el uniforme de los Highlanders se paseaba metódicamente a lo largo de la arena de la playa, ensangrentada, ignorando aquel fuego infernal. Solo se apartaba de su camino para esquivar los cuerpos de sus compañeros caídos. El soldado no iba armado. Necesitaba sus manos para tocar su gaita. No para disparar. Aquel joven escocés, nacido en Canadá, se llamaba Bill Millin.

Su primera preocupación al bajar de la lancha fue evitar que la gaita se mojara. Dicen que el contacto de una gaita con el buen whisky escocés es siempre bueno. En cambio el mar hubiera sido un enemigo letal para el arma secreta del soldado Millin. Casi tan peligroso para ella como las balas de los alemanes. O como aquella orden del Ministerio de la Guerra en Londres que había prohibido la presencia de los gaiteros en el campo de batalla. Bill Millin había tenido un aliado formidable en su jefe, el legendario Lord Lovat. El prestigioso oficial escocés que mandaba la Brigada de Servicios Especiales. Los famosos comandos. Había conseguido del Alto Mando un permiso especial para que Millin pudiera desembarcar en Sword Beach con su gaita. Así podría alentar a las tropas con su música. Una vez en Sword no se separaron. Hacían una pareja curiosa. Lord Lovat acompañaba a su joven gaitero con una asombrosa sangre fría, enfrentándose ambos con desdén a la lluvia de balas enemigas como si de una inoportuna impertinencia se tratara. Lord Lovat no dejaba de ser un personaje curioso. En el campo de batalla, debajo de la chaqueta de su uniforme, llevaba un jersey blanco de tenista, con sus iniciales. Iba armado con un viejo Winchester de palanca, recuerdo del Far West norteamericano. Ni él, ni Bill Millin, sufrieron ningún percance en aquel infierno. Ni siquiera cuando Lovat, con su Winchester, con un certero disparo, neutralizó a un francotirador alemán que les estaba apuntando desde una tronera cercana.

El soldado Millin no dejó de tocar en todo el día. Y cuando las tropas consiguieron salir victoriosas de aquella playa empapada de sangre, él ya iba con las avanzadillas. Al llegar al pueblo de Bénouville, el comandante de la Sexta Compañía les ordenó que corrieran y se cubrieran del fuego enemigo. Millin no obedeció. Pues un gaitero siempre anda pausadamente mientras toca, con su característica cadencia. Por lo tanto, un buen «Piper» de Su Majestad británica nunca corre.

Hasta el final de la guerra Bill Millin fue fiel a su gaita. Tuvo varias. Ya que algunas se fueron quedando por el camino. Él intuía que nunca le ocurriría nada. Sus gaitas le protegerían. Al final de la guerra el soldado Millin se licenció. Pasó el resto de su vida laboral trabajando como enfermero en una conocida institución benéfica, cuidando a los pacientes con las más graves limitaciones cerebrales. Fue un hombre bueno, además de un soldado ejemplar. Y como suele ocurrir con los grandes de verdad, nunca pensó que había algo extraordinario en poder pasearse tranquilamente por un campo de batalla infernal, como lo fue aquella playa francesa, tocando su gaita. Ya no está con nosotros. Ya no podrá tocar sus piezas favoritas: ‘Hielan’ laddie’, ‘The Road to the Isles’ o ‘Blue Bonnets over the Border’. Bill Millin falleció hace ya unos años con la gloriosa edad de 88 años.

Y por lo tanto, como millones de espectadores de todo el mundo, Millin no pudo ver en la televisión al Warrant Officer Paul Burns, el Gaitero Real, el 19 de septiembre del 2022. En Windsor, en el Funeral Real, en la Capilla de San Jorge. Cuando éste dedicó, como el ‘Queen’s Piper’ con su gaita, su último adiós y su particular lamento de despedida a su soberana, la Reina Isabel II. Eso sí. Los sonidos de su gaita, como ‘Piper to the Sovereign’ dieron la vuelta al mundo.