Tener una tele nueva es como subirte a una máquina del tiempo, el Delorean, y crecer ocho años en pocos segundos, bummm, o como cambiar de canal y ver qué todo ha cambiado, o como dar un estirón y darte cuenta de que la ropa te queda pequeña, ridícula, distinta… Tener una tele nueva es como saltar varias casillas en el juego. Tengo una tele nueva en casa y ahora veo la vida en Full HD, Oled, 4D, 8K, y no sé cuántas cosas más, de locos, y el mundo parece más amable, más humano, menos raro o eso creo. No, no, es broma, el mundo sigue igual a pesar de la tele. Toda esta historia de la tele empezó con una noche y una anécdota.

El otro día tuve una noche extraña y divertida. Me invitaron a presentar la Gala de la Casa Ronald McDonald. El caso es que me dejé las llaves dentro del coche, que se cerró misteriosamente, dejándome todo dentro y liándola muy parda. Sin presentación tuve que improvisar, salir del paso, no quedó mal. Después me tocó una televisión en una rifa solidaria. Yo, que me considero un tipo con suerte al que nunca le ha tocado nada. Una tele Samsung. Justicia poética en una noche que empezó mal, ya digo, extraña y divertida, y que acabó muy bien. El caso es que tenemos tele nueva en casa y, como siempre, ante cualquier cambio, me ha dado por la reflexión semanal y cierta nostalgia, lo de darle vueltas a las vueltas y eso.

Estos días he estado pensando en todas las teles que me han acompañado a la largo de la vida. Sospecho que más que ver la tele, son las teles las que nos ven a nosotros. Nos van viendo, observando, todas las noches, a todas horas, a lo largo de los años… Nos ven como nos hacemos mayores, sentados en el sofá, en silencio, esperando algo, ganando algo de tiempo, fingiendo que no pasa nada. Teles que nos miran y que ya forman parte de nuestra memoria. Recuerdo la primera. La vieja televisión de casa de mis padres. Era marca International, en color. Recuerdo ver el Mundial 82 y el de México 86 con aquella tele, y ver MacGyver, Dallas, Informe Semanal y los dos rombos, y recuerdo vernos crecer en el reflejo de aquella pantalla sobre los sillones de eskay y un sueño inmenso: alguna vez, ser uno de ellos, el de la tele.

Las viejas teles tenían nombres exóticos, como de jugadores de fútbol de la selección de la Alemania Democrática o así: Philips, Sharp, Grundig, Telefunken y Thomson - «no compre un televisor sin ton ni son; compre un Thomson», decía el anuncio-, y luego estaban las asiáticas que eran más exóticas todavía, la Sanyo o la Toshiba, eso sí que eran televisores, porque antes se decía más lo de ‘televisores’. Ahora nadie dice ‘televisores’. Años después tuve un ‘televisor’ en mi cuarto de marca Elbe que sonaba a archiduquesa austro-húngara. La Elbe, le decíamos. La vieja tele era International aunque ahora, al buscar en Google, veo que es Inter y que la memoria siempre miente. No sé.

La vieja tele tenía carta de ajuste y niebla. La vieja tele no tenía mando a distancia: «Levántate, niño, que empieza el parte», se oía. En caso de interferencias, porque había interferencias, bastaba con darle un golpe y listo, «arreglado». La vieja tele tenía un principio y un fin, el himno de España y a la cama. Era aquel tubo de rayos catódicos, digamos, un elemento que nos ofrecía un principio de certidumbre, una ventana evidente. Empezaba y acababa. Ahora la tele es un hilo infinito de Ariadna, un contenedor a la carta, un universo inalcanzable, inabarcable, lleno de estrellas e incertidumbre… Ahora la tele es un acertijo dentro de un acertijo. En la tele, y os lo digo yo que trabajo en la tele, todo es incertidumbre.

Sobre la vieja tele colocábamos cosas, en mi casa no lo recuerdo, pero sí recuerdo que se colocaban detalles de decoración como un flamenca o un perrito o un pañito de Petit Púa sobre el que colocar más cosas, una flamenca o un perrito o la antena de cuernos que movías para sintonizar bien la VHF. Colocabas cosas encima de la vieja tele y todo quedaba mejor y luego poníamos la tele, porque en España la tele se pone, y veíamos a Gasset, a Punset, a Rodríguez de la Fuente, los dibujos después de comer, los Western que tanto le gustaban a mi padre, V, Objetivo 92, el Cine Club, La Bola del Cristal, aquellos maravillosos años…

Aquella vieja tele presidiendo el salón. Ahora tengo tele nueva en casa y, en estos días, noto el salto del tiempo. Un salto de casi ocho años, que es lo que he tardado en tener tele nueva, en un segundo, que es lo que tarda en encenderse el aparato. A mi cerebro le cuesta acostumbrarse a la imagen Full HD, Oled, 4K u 8D, hiperrealista y no sé cuántas cosas, el sonido límpido sobrecoge y es gustoso, el mando no tiene botones y es un desafío aprender los comandos. Me veo lento, mayor, obsoleto y recuerdo la vieja tele, lo sencillo que era todo en aquel mundo, un mundo de certezas sin mando a distancia, un mundo con niebla que podía desaparecer de un golpe, un mundo el de la vieja tele con principio, fin y carta de ajuste, de tardes viendo Western junto a papá y un sueño inmenso que se ha cumplido. Un mundo frente a una vieja tele que no dejó nunca de mirarnos.