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Juan Antonio Martín

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Juan Antonio Martín

Mochilas, mochilas y mochilas

Últimamente, pocos adminículos hay más universalmente insoslayables que las mochilas. En nuestros días, las mochilas cubren el espectro infinito que va desde las mochilas inabarcables de los montañeros, como las de los propios porteadores de escalada que los acompañan, sin las que determinadas escaladas heroicas habrían sido completamente imposibles, hasta las mochilas de naturaleza vacua, cuya única vacua utilidad es la de presumir vacuamente de marca de lujo y de solvencia económica.

–¡Mola mi mochila, ¿eh...? Cuqui divina de la muerte, ¿o no...?!

La versatilidad de la mochila es tal, que se ha convertido en un elemento cotidiano en cualquiera de las actividades pensables para el hombre. Hombres, mujeres, adultos, niños, militares, civiles, deportistas, hiperactivos, vagos, estudiantes, excursionistas, payos, gitanos, internos, mediopensionistas, religiosos, ateos... son susceptibles de mantener relaciones íntimas diarias con sus mochilas, a veces hasta en régimen de orgía por el simple placer o la necesidad de disfrutar de más de una mochila a la vez. La mochila, de más en más va adquiriendo rango de elemento diferenciador. No es lo mismo la mochila de un expedicionario cruzaselvas y desiertos que la una venerable dama octogenaria para ir al gimnasio, ni la un enfermero de la sanidad pública cuando administra tratamientos a domicilio a sus pacientes que la del viajero del mostrador de Clase Business dispuesto a volar a Tokio. Cada maestrillo tiene su librillo de mochilas, que por haberlas, para algunos fines, ya las hay tanto dorsales como pectorales. ¡Señoras y señores, pasen y vean...!

Los colegios, sin ir más lejos, son verdaderos muestrarios mochileros. Y sus aulas, cada una, una extensa exposición de mochilas. Como poco, en cada centro educativo hay tantas mochilas cómo púberes y enseñantes. Cada púber con su mochila, cada maestro con la suya y cada mochuelo en su olivo. A Dios la mochila que es de Dios y al pecador mochilero la mochila que le corresponde.

En los parlamentos que se precien de serlo, una mochila por señoría es imprescindible en nuestros días, obviamente, además de la metafórica y siempre abultada mochila lastrante de las carencias políticas inherentes a cada cual. Últimamente, un parlamentario sin mochila no es un parlamentario moderno, ni tan siquiera doña Cuca, que no es tan cuca, y que de manera cotidiana porta con devoción las metafóricas mochilas de la filatería, de la agresividad, del mal talante, del impostado mal gusto parlamentario y de la infinita carencia de la mínima dicacidad exigible en razón de su status y condición. Doña Cuca, hasta cuando ríe de veras, frunce el seño. En general, nada que ver la foto fija de la fiereza impostada de doña Cuca con la de su partido, que es menos fiero. Adónde va a parar...

Por cierto, en ningún sitio hay más mochilas que en un tren de cercanías suizo. A veces hasta dos por pasajero. A las horas punta las mochilas mandan sobre el paisaje porque altivamente amontonadas pretenden competir con el mismísimo Pic Dufour. A las horas punta, más que de almas amochiladas el escenario ferroviario habla de la gentrificación de las mochilas. Por lo general más mochilas que pasajeros.

–¿Cómo iba el tren hoy, mi amor? –pregunta de ella a su churri.

–¡Amochilado, insoportablemente amochilado, cariño...! –respondería cualquier día del año a su pareja un residente en Lausana que se desplaza a diario a Ginebra para trabajar.

De entre todas, la mochila más triste y de peor hechura siempre es la que en psicología denominamos «mochila emocional» que nació y creció con el hombre, en la que, sin percatarnos de ello, cada cual, desde el nacimiento, vamos acumulando experiencias castrantes, sentimientos no expresados, vidas ajenas asumidas como propias, heridas no sanadas, deslealtades, pérdidas, frustraciones, inhibiciones, miedos mal gestionados... La mochila emocional es el recipiente que contiene nuestro batiburrillo vital no resuelto al que le vamos dando forma sin fondo a lo largo de nuestra existencia. Es en nuestra mochila emocional en la que se desarrollan los sapos tragados cada día que con el tiempo terminan convirtiéndose en ingobernables dragones que nos poseen, nos alienan y nos despersonalizan hasta la locura.

La mochila emocional, que es consustancial al ser humano, es la más pesada, la menos divertida y la más compartida de las mochilas en la que viven y crecen la inseguridad, el desasosiego, el miedo, la irritabilidad permanente, la angustia, la culpa, los déficits de autoestima, la depresión...

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