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Joaquín Rábago

¿Por qué dejaron de oírse ciertas voces?

Nadie volvió a hablar de las advertencias de destacados diplomáticos estadounidenses como George Kennan o Henry Kissinger sobre los peligros de provocar al oso ruso llevando a la OTAN

Henry Kissinger.

Hubo una época en la que hubo voces de historiadores y periodistas independientes, por ejemplo, en Italia, que contextualizaron lo que ocurría en Ucrania para que se entendiera mejor la génesis del conflicto.

Voces como la de Marco Tarquino, director del diario de inspiración católica “Avvenire”, que en un popular programa radiofónico se refirió a los choques militares en Donbás a partir de 2014 como el comienzo real de la guerra de Ucrania.

“Una guerra fantasma en el corazón de Europa”, como reza el título del libro de la psicóloga y documentalista Sara Reginella, una guerra totalmente ignorada por Occidente y en la que se calcula que perdieron la vida alrededor de 14.000 personas, entre civiles y militares.

De esos antecedentes sin los cuales es imposible entender lo que allí ocurre hoy se ocuparían también, al comenzar la invasión rusa, prestigiosos historiadores italianos como Luciano Canfora o el también periodista Angelo d´Orsi.

Pero se impuso de pronto la razón de la OTAN, y esas y otras voces disidentes dejaron de oírse en los principales medios de comunicación de ese país, siempre mucho más rico que el nuestro en debates ideológicos.

A partir de ese momento, sólo ha habido, al menos en Occidente, una versión: aquélla según la cual la historia de esa guerra empezó con la invasión ilegal de la Rusia de un autócrata revanchista y sediento de sangre.

Ya nadie volvió a hablar de las advertencias de destacados diplomáticos estadounidenses como George Kennan o Henry Kissinger sobre los peligros de provocar al oso ruso llevando a la OTAN, frente a lo prometido a Moscú, hasta sus mismas narices.

Había un único culpable de lo que sucedía, y era el presidente ruso, del que muchos no parecían haberse enterado de que no era comunista pues había renegado incluso de Lenin, y frente al déspota, el inocente pueblo ucraniano al que había que defender costara lo que costase.

Un pueblo, el ucraniano, que se nos presentaba como homogéneo porque de repente se nos había olvidado que una parte del país era rusófona y se sentía sentimentalmente más próxima a Moscú que de esa Europa rica que tanto parecía anhelar la otra parte.

Los llamados medios de referencia, tanto los impresos como las cadenas de televisión, cumplieron a la perfección la labor que supuestamente les correspondía, que no era otra que apelar continuamente a las emociones, infantilizar al público, anular de esa forma el pensamiento crítico.

Y ocultar sobre todo que en el fondo lo que sucede en Ucrania es una guerra por procuración entre dos imperios en clara decadencia, de los que uno, el más rico y el que ganó la anterior Guerra Fría, no se resigna a perder su hegemonía sobre la vieja Europa.

¿Dónde quedaron aquellos sueños de autonomía estratégica europea de los padres fundadores, de los Robert Schuman, los Jean Monnet y otros como ellos a los que hoy se presenta como visionarios?

¿No hay hoy políticos a la altura de aquéllos, capaces de ver que no es en interés de Europa el estado de guerra permanente con un gigantesco país, abundante en recursos de los que nuestro continente está en este momento tan necesitado?

¿No deberíamos tratar de atraerle en lugar de hostigarle, contribuyendo así a la cada vez más urgente apertura de su sociedad, algo que de ninguna manera conseguiremos a base de duras sanciones, que, como demuestra la historia en tantos otros casos, sólo endurecen a los regímenes dictatoriales?

Y sobre todo, ¿a nadie se le pasa por la cabeza pensar si los democráticos Estados Unidos reaccionarían de modo distinto de cómo lo ha hecho la autocrática Rusia con su vecina Ucrania si, por ejemplo, se le ocurriese a China incluir a México en una hipotética alianza militar?

Lo ha reconocido hasta el veterano diplomático estadounidense Jack F. Matlock, especialista en asuntos soviéticos en plena Guerra Fría y ex director del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU a finales de los ochenta: EEUU lo impediría con todos los medios. ¡Más claro, agua!

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