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José María de Loma

Viento fresco

Jose María de Loma

La carta

Me conmueve que alguien se tome la molestia de escribir a mano un folio, comprar un sobre, buscar un buzón...

Un empleado de Correos. L. O.

Ayer recibí una carta. Dadas las fechas en las que estamos hubiera preferido recibir un jamón o un gran bote de melocotón en almíbar. Pero no era un christmas, ni una anticipada felicitación navideña. Era una carta. Una carta, carta. Con su sobre blanco pequeño y su sello de curso legal, su matasellos y su folio dentro bien doblado. Escrita a mano, breve pero no escueta. Con tinta de bolígrafo azul. Estoy tentado de poner que la caligrafía era bella, pero era normal. «Escrita con pulso firme» también quedaría muy bien afirmar. Pero no sé qué pulso le echó el señor a esta caligrafía, caligrafía del lunes, estimado señor, el motivo de la presente y tal.

Hay quien al recibir una carta la abre y hay quien la recibe y se pone a escribir un artículo. El remitente comentaba un texto mío que había leído en el periódico y, claro, no pude por menos que conmoverme, en estos días en los que la gente tiene más a la vista el correo electrónico que la barbilla, de que alguien se hubiera tomado la molestia de levantarse del sofá, dejar el periódico, ir a una mesa, tomar un folio, coger un bolígrafo, escribir, doblar el folio, meterlo en el sobre (o ir a comprarlo), vestirse, peinarse al menos, bajar a la calle y, esa es otra, encontrar un buzón.

Me maravillo incluso de que la carta me haya llegado, ya solo llegan paquetes, molestias, libros, intenciones, invitaciones a actos imposibles, folletos o facturas del banco, que no tiene bastante con cobrar comisión: ha de proclamarlo por misiva.

¿Qué es lo que hace uno cuando (raramente) recibe una carta personal y la lee? Lamentar por qué el remitente no ha incluido un correo electrónico, claro. El hombre se ofenderá si no le contesto. Solo tengo su dirección, así que habré de dejar esto, tomar un folio, agarrar un bolígrafo o abrir un documento en el ordenador, escribir, imprimir, buscar un sobre, salir a la calle y tratar de atisbar un buzón. Así era el mundo antes.

No he querido ponerle mi correo electrónico no lo vaya a tomar como una descortesía. O quizá no use tecnología. Estoy impaciente por recibir su respuesta. Lo imagino en su ciudad buscando un buzón. Pudiera ser que esperar que llegue una carta bordee los terrenos de la ilusión. Pudiera ser. Bajo al portal a ver si ha llegado algo.

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