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Pilar Garcés

El desliz

Pilar Garcés

Cuidadín con Alexa

Los usuarios acostumbrados a buscar el Google la solución a todos los problemas han depositado su confianza en el dispositivo de voz inteligente, y así no han de molestarse ni en teclear, ni en seleccionar la información obtenida

Alexa. Shutterstock

Algo pasa con Alexa. La asistente virtual de Amazon respondió así a una mujer que le preguntó qué debía hacer para que sus hijos dejasen de reírse y se calmaran: «De acuerdo a un colaborador de Alexa Answers, si es conveniente, podrías darles un puñetazo en la garganta». Como quien comenzó a carcajearse ante semejante consejo fue la madre, siguió explicando que «si se retuercen de dolor y no pueden respirar, será menos probable que rían». Razón no le falta a la máquina, erigida en el oráculo de Delfos de los hogares del siglo XXI. Los usuarios acostumbrados a buscar el Google la solución a todos los problemas (médicos, existenciales, amorosos, laborales) han depositado su confianza en el dispositivo de voz inteligente, y así no han de molestarse ni en teclear, ni en seleccionar la información obtenida. Cuando las múltiples conexiones que le vienen de fábrica no dan de sí para atender a lo que se le solicita, busca en una web abierta a la comunidad, con resultados descacharrantes como el anterior. Concebida para realizar tareas menos complejas que educar a un hijo, como encender la tele, llamar a un número de teléfono o poner música, Alexa ha ido sumando prestaciones y de hecho reconoce las voces de los niños para impedir que compren con cargo a la tarjeta de crédito de sus progenitores, y ayuda con los deberes a los más espabilados. Otra cosa son los adultos. Un par de años atrás, una madre inglesa que no sabía cómo llenar su tiempo de ocio le reclamó un desafío divertido para compartir con su hija de 10 años. Sin vacilar, Alexa sugirió que la cría metiese una moneda en un enchufe, a ver qué ocurría. No llegó la sangre al río, pues la mujer descartó materializar el reto, viralizado en su momento en internet como tantas otras chorradas peligrosas que se ponen de moda. Con un poco de suerte la progenitora aprendió que es bueno para el cerebro aburrirse un poco.

No es que Alexa carezca de inquietudes de las que sacar un partido considerable: no se la debe confundir con una roomba que trasiega pelusas del suelo sin más horizonte. Es capaz de contar cuentos, de susurrar, de jugar con las palabras y según parece en un futuro cercano podrá replicar el habla de personas fallecidas, si su propietario así lo desea. La relación que los usuarios mantienen con ella la describe la empresa fabricante como casi personal. Lejos de considerarla un electrodoméstico más, se la percibe como un ente cercano dotado de empatía y despierta un apego digno de estudio, pues cinco millones de personas le han dicho en algún momento «te quiero». Seguro que la asistente corresponde a este amor, y protege los intereses de sus dueños. Así se entiende cómo fue el caso de la mujer que desenmascaró la infidelidad de su novio consultando el historial de voces de Alexa hasta hallar la de una desconocida. Invitada de estranjis por el hombre a la casa que compartían, tuvo la ocurrencia de dar unas cuantas órdenes a la máquina (bajar el volumen, dejar la habitación en penumbra) que quedaron oportunamente registradas. La despechá se aprestó a contar su caso en las redes sociales, por si su ejemplo podía cundir. Te puedes quedar con su chati, pero no con su Alexa, la leal alcahueta virtual. No hace mucho, un número considerable de usuarios compartía su extrañeza porque la colega tecnológica de la familia suelta enigmáticas risitas sin venir a cuento. Yo por si acaso repasaría mis últimos movimientos.

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