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Juan José Millás

Tierra de nadie

Juan José Millás

Váyase usted a la mierda

Ahí aparece un individuo cualquiera cuya mirada es idéntica a la de aquel profesor de matemáticas con el que aprendí la tabla de multiplicar

Tuve de pequeño un profesor de matemáticas que lo decía casi todo con los ojos. Por el modo de mirarte, sabías si habías hecho bien los deberes o no. Jamás reñía, jamás gritaba, jamás castigaba. Se limitaba a observarte de arriba abajo durante unos instantes en los que eras literalmente radiografiado por aquellas pupilas que brillaban en el fondo de sus ojos oscuros como un pozo. El profesor se murió, pero yo he ido encontrando su mirada aquí o allá, siempre juzgándome, siempre minusvalorándome, siempre censurando mi manera de ser o de actuar. La he visto en jefes, en amigos, en familiares, incluso en desconocidos con los que me cruzo por la calle. El otro día la vi en un peluquero que, mientras se ocupaba de mi cabeza, me observaba a través del espejo con una expresión que oscilaba entre el desprecio y la lástima. No puede ser, me digo, que aquel mal tipo se haya instalado después de muerto en tantos hombres. A veces, cuando me miro en el espejo, veo también en mí, no sin espanto, esa mirada calificadora.

No es raro que, cuando salgo a caminar, sienta que alguien me sigue y me mira reprobando mis movimientos: si voy deprisa, porque voy deprisa; si despacio, porque voy despacio. Suelo evitar la tentación de volverme, para no darle el gusto de que advierta su capacidad de hacerme daño, pero, cuando excepcionalmente giro la cabeza, ahí aparece un individuo cualquiera cuya mirada es idéntica a la de aquel profesor de matemáticas con el que aprendí la tabla de multiplicar.

Ayer fui al centro a realizar unas gestiones. Como me sobró tiempo, me acerqué al Museo del Prado para revisitar tres o cuatro cuadros de El Bosco por los que siento especial predilección. Pues bien, y esto no me había ocurrido hasta ahora, en todos ellos había un personaje que me miraba con las pupilas del maestro muerto. No me podía creer que se hubiera colado en las pinturas. Pero así era, y no solo en las de El Bosco, sino también en las de Velázquez, a las que me acerqué después para ver si ocurría lo mismo. Hay personas a las que persigue toda la vida la mirada de su padre. A mí me persigue la de aquel educador al que jamás logré satisfacer con mi comportamiento. Desde aquí le digo que se vaya a la mierda.

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