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Mariano Vergara

Mis días marinos

Mariano Vergara

Azul

Un marahá indio sobre un elefante.

Mi abuela, que era una mujer de carácter, con un manojo de llaves siempre consigo, rezadora incansable de todo tipo de oraciones y ritos litúrgicos, extraordinariamente glotona, indignantemente generosa con toda clase de ordenes religiosas, especialmente con la Catedral, disfrutaba en cambio con la cena de Nochebuena, que habría hecho las delicias de cualquier Néstor Lujan, o Álvaro Cunqueiro. La larga mesa del comedor se llenaba de pavos emborrachados en coñac, trufados, o sin trufar, que previamente habían pasado horas en una institución familiar, llamada la pavera, mariscos y verdaderas montañas de huevo hilado, vino, champán, turrones y peladillas, mantecados y alfajores, fuentes de jamón de pata de cualquier color, salmón y merluza cubierta por chorreante y densa mayonesa, que componían una especie de bodegón flamenco y ella, que estaba bastante amasada, ponía la estampa humana de una oronda matrona, que demostraba en todo momento quién mandaba en la casa y en la familia. Mi abuelo, aunque presidía la mesa, se limitaba a mirarlo todo en silencio, a través de sus ojos profundamente azules, con cara de asco infinito y despegado desprecio. Los niños nos limitábamos a correr por las múltiples escaleras de la casa arriba y abajo, aullando o dando vivas a María Morillo, una de las múltiples personas de servicio que allí vivían, sin grandes ocupaciones, ni específicos trabajos. Y así hasta que llegara la pastoral de todos los años con aquel ruido acompasado de grandes panderos y enormes zambombas, carrizo arriba y abajo contra el pellejo terso de resonancias. O cantábamos algo ante el desmesurado Nacimiento, que se construía también cada año en el cuarto del piano. Desconozco qué ocurriría con él después de que mis abuelos murieran. La conversación giraba ritualmente acerca de los mismos temas. Después de un repaso a las últimas necrológicas y bodas para toda la vida, hablaban del Chinitas, de la casa del Niágara, de Valle Niza, que ignoro lo que era, de la expropiación de la finca El Boticario en los Montes de Málaga a causa de algo llamado repoblación forestal, ante lo cual mi abuelo pronunciaba alguna de sus escasa frases tales como «la maldita filoxera», del Lagar de Gálvez y demás propiedades de la familia perdidas, o malvendidas, gracias a que nada de ello importó un bledo a ninguno de los dos antecesores. Luego tocaba el turno a pasar revista a las personas y sus circunstancias. Y hablaban de los Guerbós, de los Gorría, de las flores de lis de los Maldonado, de los Rengifo, de Pepe el conde, de Anita Garvey y, por supuesto de Anita Delgado, princesa de Kapurtala, como si fuera de la familia, o al menos, eso pensaba yo, aunque no podía intervenir en la conversación para preguntar. Realmente no veía claro que hubiéramos tenido a alguien de la familia que bailara en un café cantante, que tampoco sabía lo que era. No porque fuera degradante, o pecaminoso, que también, sino porque no veía a ninguno con la más mínima gracia para ello. En general, entonces ignoraba todo lo referente a la vida de los mayores, así que un día pregunté a mi abuela quién era aquella Anita, donde estaba Kapurtala, qué era un marajá y cosas por el estilo. Y mi abuela, que no era muy popular entre mis primos y que no quería más que a Franco y a dos, o tres de sus múltiples nietos - y yo era uno de ellos - me contó la historia de Anita Delgado. Mi abuela, que había estado interna en las irlandesas de Loreto en Gibraltar hasta casi el momento de casarse con mi abuelo, pintaba muy bien, cocinaba mejor, pero también me contó muchas historias y yo notaba que disfrutaba haciéndolo y que lo hacía muy bien.

Anita Delgado

Mi abuela me contó que Anita era una chica muy guapa, que había nacido en Málaga de familia de clase media venida a menos, marchó a Madrid con sus padres y su hermana cuando la situación económica familiar llegó a un punto de ruina total, a buscar la forma de ganarse la vida. Mientras me narraba las peripecias de aquella familia, cuya historia conocía todo el mundo en Málaga, se aclaraba la voz con agua de litines burbujeantes en una copa de cristal grueso, que ella llevaba a la boca con su férrea mano y después, chasqueando la boca, exclamaba «qué rica está». Yo me negaba a probarla, porque entonces aún no me gustaba el agua de soda, ni el sifón.

La vida de Anita cambió radicalmente cuando la reina Victoria Eugenia llegó a España para casarse con Alfonso XIII. Quizás por eso, todo el mundo reconocía el himno inglés cuando no había televisión. De hecho, mi abuelo lo cantaba a veces, posiblemente por su hermana María Heaton, o por su escapada a Inglaterra en barco cuando era un guapo joven airado. Mi abuelo siempre tuvo nostalgia del mar, se pasaba las tardes mirándolo fijamente, con aire abatido. Después leía el Sur y se peleaba con Dios porque algún amigo suyo hubiera muerto y él no. Y preguntaba al cielo, «qué te he hecho yo para tenerme aquí todavía?». No puede decirse que mi abuelo fuera muy aficionado a la vida.

En Madrid apareció un personaje con turbante y diamantes y perlas, el marajá de Kapurtala, que era un pequeño reino perdido entre otros muchos reinos en la India, que entonces dominaban los ingleses. Este señor príncipe fue una noche al café en el que cantaban y bailaban Las Camelias, que eran Anita y su hermana, casi unas niñas. Y el señor del turbante se enamoró dislocadamente de Ana. Mi abuela me contaba que aquel príncipe casi la compró a base de diamantes, esmeraldas, flores y joyas. Y gracias también a la intervención de un escritor manco llamado Valle-Inclan, que a cambio quería un uniforme lleno de medallas, como el Cascanueces. Y el señor príncipe se casó con ella, aunque antes la enseñó a comer, a bailar, a hablar inglés y francés, a comportarse como una princesa, como lo haría un Pigmalión, un profesor Higgins a una Liza Doolittle, que eran los personajes de una comedia de un escritor inglés llamado G.B. Shaw, en el que el profesor enseñaba a la florista deslenguada y mal hablada a pronunciar un exquisito inglés y a llegar a ser como Audrey Hepburn, que tenía un cuello de cisne como Cayetana Alvarez de Toledo. Cuando llegaba el cuento a ese punto, yo ya sabía todo lo que iba a venir, porque mi abuela me lo contó tantas veces, que para entonces don Manuel Laza ya me había enseñado cantidad de cosas, incluyendo el significado del mito y hasta las múltiples frases ingeniosas de George Bernard Shaw. «Te he contado alguna vez la historia de Anita Delgado? No, abuela».

Anita, ya princesa, vivió muchos años en la India y seguramente asistiría al Durbar de Delhi, la ceremonia de lujo asiático de la coronación de Jorge V y la estiradísima reina Mary, que también tenía un largo cuello, como todas las personas y animales elegantes, como las jirafas, o las gacelas y los tobillos estrechos y frágiles como los caballos pura sangre. Por eso parece que vuelan. En el caso de la reina Mary, su cuello siempre iba cubierto de brillantes para mantener tersa la papada. En el Durbar desfilaron mil elefantes con gualdrapas de esmeraldas y todos los príncipes de la India, hasta el de Jaipur, cuyo palacio de mármol encierra todos los misterios ancestrales de una historia milenaria. La vida de Anita en la India puede resumirse en el poema Oriental de Zorrilla, o en el dedicado a Margarita Debayle por Rubén Darío. Yeguas blancas, fuentes doradas con cien surtidores, altivas palmeras, encendidos granados, frondosas higueras, robustos nogales, olmos que al cielo se elevan, redes de plata y seda con pájaros cantores, terciopelos, chales de Cachemira, velos de Grecia, plumas blancas, hileras de perlas, patios de gráciles columnas y alondras que vuelan en el olor del azahar, doncellas que cuentan cuentos, rebaños de elefantes, kioscos de malaquita y mantos de tisú. Pero todo aquello sumía a Anita en una desdichada y añorante melancolía, por lo que decidió irse al azul a cortar una estrella. Aquello estaba vetado, prohibido, era un tabú en el mundo en el que las viudas se arrojaban a las piras funerarias de sus maridos. Anita no quería brillantes, quería una estrella para hacerse un prendedor, con un verso y una perla y una pluma y una flor. Como mi madre, que también se llamaba Margarita. Cuando ya era muy viejecita, yo iba por la noche a su dormitorio y le empezaba a recitar «Margarita, está linda la mar…» y ella continuaba de memoria «y el viento lleva esencia sutil de azahar, yo siento en el alma una alondra cantar, tu acento, Margarita, te voy a contar un cuento», mientras me miraba fija y dulcemente con sus azules ojos inútiles.

Anita Delgado no fue feliz, solamente afortunada, que no es lo mismo. Creo que mi abuela tampoco lo fue, a pesar de que el Corazón de Jesús hizo lo que pudo por complacerla. Sé que mi madre, a pesar de todo, sí lo fue. Así es la vida, lo más parecido a un cuento.

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