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Juan Antonio Martín

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Juan Antonio Martín

Veroño

Presupongo que serán miles, quizá millones, las páginas ya escritas bajo el mismo título de esta columna durante las últimas semanas. La perspectiva de los años confirma que la realidad «veroñal» de la que disfrutamos este año, por inusual que parezca, no es nueva sino que se trata de un escenario meteorológico ya conocido en nuestras latitudes, cuya duración es mayor que la del denominado Veranillo de San Miguel. Por mi parte, recuerdo perfectamente cómo algunas veces, hace años, en casa efectuábamos el cambio de ropa durante la primera o segunda semana de diciembre, es decir, hemos vivido «veroños», varios que yo recuerde, en los que más que «veroño» lo acaecido fue casi un «verierno».

Pero a Dios lo que es de Dios... Por apetecidos que se nos antojen los «veroños» y los «veriernos» a los amantes de las terrazas cafeteras y cerveceras, se trata de estaciones naturales impostadas que rompen los ciclos biológicos y que quiebran los sueños de los soñadores otoñales.

¿Cómo podría el mago Benedetti haber escrito aquello de «aprovechemos el otoño / antes de que el futuro se congele / y no haya sitio para la belleza / porque el futuro se nos vuelve escarcha» durante un «veroño»?

O, digo yo, ¿cómo el entregado Neruda podría habernos legado aquello de «Hoy una mano de congoja / llena de otoño el horizonte. / Y hasta de mi alma caen hojas» ante un horizonte «veroñal»?

Para el que le escribe, amable leyente, la tristeza pierde su temple y su silencio a partir de los 22º, 25º C de temperatura. La temperatura y la vitamina D que aporta el astro rey actúan como vacunas contra la tristeza y la atimia, y como potenciador de la eutimia que, por lo general, es un chute de energía propio de la primavera y el verano.

¿Habría escrito, si no, Juan Ramón aquello de «Qué noble paz en este alejamiento / de todo; oh prado bello que deshojas / tus flores; oh agua fría ya, que mojas / con tu cristal estremecido el viento» en mangas cortas y mirando al prado con las gafas de sol puestas?

Y el benjamín de los Machado, en un «veroño» cualquiera ¿nos habría regalado aquello de «Es una tarde mustia y desabrida / de un otoño sin frutos, en la tierra / estéril y raída / donde la sombra de un centauro yerra» ante un parque de árboles vestidos?

¿Acaso Federico, durante un «veroño» habría transcrito a papel con su mirada clara lo de «El otoño ha dejado ya sin hojas / los álamos del río. / El agua ha adormecido en plata vieja / al polvo del camino. / Los gusanos se hunden soñolientos / en sus hogares fríos» contemplando un «veroño» en su Granada del alma?

No, insisto, generoso leyente, ni don Mario, ni don Pablo, ni don Juan Ramón, ni don Antonio, ni don Federico ni todos los demás que son ejército habrían tenido las pilas de sus almas cargadas de otoño durante ningún «veroño». Imposible...

Con el crecer de las flores el ánimo se despereza. Con la caída de las hojas el alma se serena. Y es en el camino que media donde se amontonan los turistas, por ahora sin medida. El turismo de masas nada, absolutamente nada, tiene que ver con la poesía, por mucho que el turismo de masas nos ayude a obtener nuestro sustento. El otro turismo, ese en el que el turista más que turista es un viajero de pro, sí cabe en el mundo del verso del que se nutren las emociones.

Los «veroños», en un sentido, son como veranos añosos que se niegan a morir o como otoños descreídos que se niegan a nacer, que de todo hay en la viña del señor. En otro sentido, los «veroños» son una especie de antífrasis bidireccional respecto de sí mismos; son como veranos campeones en la superchería que se autopostulan candidatos a los otoños o como embaucadores otoños aspirantes a verano, es decir, algo así como el quiero y no puedo frente a la Naturaleza que, harta ya, empieza a levantarse en armas contra su peor enemigo: el hombre. Respecto de la Naturaleza, el ser humano cada vez está más lejos de la razón y más cerca de la infinita torpeza irredimible que lo mueve a librar una batalla permanente contra la inteligencia; una batalla que nunca podrá ganar. La Naturaleza siempre arregla sus cuentas, es simple razón de tiempo...

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