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Juan José Millás

Cómo invertir una fortuna

En el mundo hay ya ocho mil millones de personas reales (somos una especie fecunda). En apariencia, nos debería bastar tal cifra para relacionarnos. Sin embargo, a esa cantidad de gente de verdad hemos añadido cientos de miles, quizá millones, de personas imaginarias. Las de las novelas, por ejemplo. Las del cine. Las del teatro. Las del cómic. Las de la ópera. Las de la pintura. Las de la escultura. Las de las diversas mitologías de los diferentes pueblos de la Tierra. Hay gente (yo mismo) que se lleva mejor con las personas imaginarias que con las reales. Me identifico más con los protagonistas de Dostoievski o Kafka que con mis hermanos carnales de toda la vida. ¿Por qué? Ni idea.

Cómo invertiruna fortuna

Lo irreal posee una fuerza insólita. Lo irreal mueve montañas. Por lo irreal somos capaces de recorrer miles o millones de kilómetros. Las guerras más crueles han estallado por asuntos irreales, por abstracciones que no nos daban de comer, pero que satisfacían nuestro costado metafísico. Tenemos un costado metafísico insaciable. Si nos dan a elegir entre un buen discurso y un cocido, nos quedamos con el discurso. Resulta que esta mañana, al salir de casa, he comprado un décimo de la ONCE con el que me pueden tocar quince millones. Es un decir. No me van a tocar, sé racionalmente que no me van a tocar. No digo que no le toquen a alguien, pero no a mí. No he comprado el décimo con la idea de que me toque, sino por solidaridad con esa organización, que resuelve, gracias a las virtudes teologales de la lotería, problemas de hombres y mujeres y niños y niñas reales por un tubo.

Sé, en fin, que no me va a tocar el décimo como sé que después de la estación del metro de Alameda de Osuna, donde suelo cogerlo yo, viene El Capricho y después Canillejas. Pues bien, he hecho todo el trayecto hasta Gran Vía calculando el modo de gastarme esos quince millones que no me tocarán. Podría haber ido resolviendo mentalmente problemas de carácter real, que no me faltan (me sobran, para decirlo todo). Pero he preferido enfrentarme a cuestiones completamente delirantes porque tengo un estómago inmaterial que solo se alimenta de delirios. Una vez en mi estación, he regresado a la realidad, pero pretendo salir de ella cuanto antes para ver cómo sigo invirtiendo esa fortuna.

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