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EL MUNDO POR DE DENTRO

Antonio Balibrea

Sociólogo y periodista

Ocho mil millones por Navidad

No me refiero a los miles de millones de la Lotería de Navidad. Ni tampoco a los miles de millones que la Unión Europea está dando a España para la reactivación económica. Es algo mucho más importante: la población mundial ha alcanzado la cifra de ocho mil millones de seres humanos. Y, esto ha sucedido con el ritmo de crecimiento poblacional más lento desde 1950 y desde entonces nos movemos en la misma dirección: «vidas más largas y familias más pequeñas», cómo ha señalado John Wilmoth, director de la División de Población de la ONU. La población está envejeciendo, viviendo más y teniendo menos hijos. Hace años que en muchos países europeos la unidad familiar mayoritaria, modal que se dice, es la de un solo individuo. La media de edad ha pasado de 20 años, en 1970, a unos 30 años en la actualidad.

En mi época de estudiante los gurús de demografía justificaban las teorías de control de la natalidad predicadas por Naciones Unidas, como panacea para lograr el desarrollo. Amparándose en las teorías del demógrafo Malthus, quien doscientos años antes auguraba un crecimiento en progresión geométrica de la población, y aritmética de los alimentos, lo que provocaría hambrunas, sequías y guerras. La historia nos muestra que es a la inversa: en aquellos países donde ha crecido la renta y hay un mayor desarrollo, es donde la natalidad y la fecundidad se reducen llevando a un mayor envejecimiento de la población y un aumento de la edad media. Las tasas altas de natalidad, familias numerosas y extensas suponían el seguro de vejez de los ancianos; el crecimiento demográfico es necesario en la etapa de despegue de cualquier desarrollo económico. Una vez que se produce ese crecimiento económico, es cuando las tasas de natalidad y fecundidad van decreciendo por distintas razones: ya no son necesarias familias tan numerosas como garantía de los mayores; mejora la sanidad; la mujer se incorpora al mundo del trabajo fuera del hogar; los menores son atendidos durante más años en el sistema escolar; en definitiva: el crecimiento económico trae otros sistemas de protección.

El mayor envejecimiento de la población requiere una mayor red de seguridad y más gente en edad laboral para garantizar cuidados y pensiones. Más población joven requiere mas escuelas y dedicación. Aumenta lo que llaman el índice de dependencia, de mayores y jóvenes. Una mayor proporción de mayores en relación con la población en edad activa es lo que sucede en los países ricos y desarrollados como el nuestro, para mantener el crecimiento hace falta población en edad de trabajar, eso hace necesaria la llegada de inmigrantes. Sucede en Estados Unidos y en Europa, donde los nacionales ven con recelo la llegada de inmigrantes, absolutamente necesarios, por otra parte, si se quiere mantener el crecimiento. Canadá tiene una política de inmigración ordenada y apoyada desde el gobierno hasta el punto que una cuarta parte de los canadienses son de origen extranjero. China ahora se encuentra con la necesidad de aumentar el tamaño medio de las familias porque la política, impuesta, de un solo hijo por hogar limita su crecimiento económico.

La población autóctona está disminuyendo en casi todos los países del mundo, España incluida, sin embargo, para dentro de 30 años se prevé que la población mundial aumente en 1.700 millones; pero ese crecimiento ocurrirá en solo ocho países: la República Democrática del Congo, Egipto, Etiopía, Nigeria, Pakistán, Filipinas, Tanzania e India. El problema no es que la tierra no dé para que podamos comer los ocho mil millones actuales; el problema es, ha sido y será un problema de distribución de recursos. Lo fue en los países más ricos hasta la creación del estado de bienestar, y lo es a nivel mundial como lo plantea ahora la ONU en la agenda 2030, incluida la seguridad alimentaria, y antes con los Objetivos de Milenio.

Con cinco panes y dos peces «comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños». «Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras». «Dadles vosotros de comer», les había dicho Jesús de Nazareth a los que le seguían (Mt. 14,19-21). El milagro fue que sus discípulos le hicieron caso. El milagro no fue la magia de multiplicar panes; sino la de compartir la comida que llevaban. Los países más ricos del mundo son en su mayoría cristianos, de una u otra iglesia, pero lo de «dadles vosotros de comer» no acabamos de oírlo.

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