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Joaquín Rábago

En Ucrania chocan como placas tectónicas dos civilizaciones

En Ucrania chocan como placas tectónicas dos civilizaciones: una, basada en valores humanistas y democráticos, los del Renacimiento y la Ilustración, y otra, apoyada en la religión ortodoxa y un Estado autocrático.

Es lo que opina al menos el escritor ruso Victor Yerofeyev, autor de ‘El buen Stalin’, obra en la que repasa su propia vida privilegiada como hijo del que fue intérprete de ese dictador soviético y de su ministro de Exteriores, Viacheslav Mólotov.

Yerofeyev, de cultura rusa y francesa, fue editor de la revista ‘Metropol’, dedicada a la disidencia de su país natal y cuya publicación arruinó la carrera diplomática de su propio padre, un estalinista que tenía esperanzas de ser nombrado ministro de Exteriores de la URSS.

En una entrevista que le hicieron recientemente en un programa de filosofía de la televisión suiza, Yerofeyev se refirió al grueso de sus compatriotas como gentes para quienes la religión y el Estado han tenido siempre más importancia que el individualismo y los valores humanistas importados de Occidente.

Basta en efecto repasar la historia de la cultura y la intelectualidad rusas y ver cómo al menos desde Pedro el Grande ha habido en ese país un combate entre los llamados ‘occidentalistas’ y los ‘eslavófilos’.

Los occidentalistas, entre ellos grandes escritores como Alexander Herzen, Iván Turgueniev o Vissarion Belinski, consideraban la religión ortodoxa del pueblo ruso como una fuerza retrógrada, siempre en apoyo de un Estado autocrático, y abogaban consecuentemente por la adopción del modelo racionalista europeo.

Influidos, a su vez, por la filosofía romántica alemana, en especial por Herder, los eslavófilos, desde Fiódor Dostoyevski hasta el autor de ‘El archipiélago Gulag’, Alexandr Solzhenitsyn, han valorado siempre las viejas tradiciones, han creído en el rol especial de una Rusia mística frente a una Europa considerada materialista y atea.

Y Ucrania tiene la desgracia de estar en el lugar en el que chocan, según Yerofeyev, esas dos visiones antagónicas.

Hubo, sin embargo, un momento, acabada la Guerra Fría, en que pareció que una Rusia que había dejado de ser oficialmente comunista quería abrirse a esa Europa de la que siempre ha formado parte geográficamente.

Lo intentaron cada uno a su manera el último presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, luego su sucesor al frente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, y también en un principio, algo que muchos prefieren hoy olvidar, el propio Vladimir Putin.

Éste incluso llegó a hablar de la posibilidad de sentarse un día a la mesa de la OTAN aunque reclamó trato preferente para su país porque no quería someterse a la humillación de hacer cola en Bruselas como otros.

La idea fue rechazada por Washington, que vio el peligro que una mayor dependencia europea de Rusia supondría para su propia hegemonía, algo de lo que había ya advertido en su día Zbigniew Brzezinski, el que fuera consejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter.

Y hoy sólo cabe preguntarse qué habría sucedido si, en lugar de de ningunear a Rusia y humillar a Putin, EEUU hubiese intentado facilitar la aproximación del país rival a la Alianza Atlántica

Lo que hoy sabemos es que con el total aislamiento tanto político como económico de Rusia por los países aliancistas en respuesta a su invasión de Ucrania han cobrado allí fuerza una vez más los partidarios de esa ‘Rusia eterna’ tan alejada de los valores democráticos de Occidente.

Y los ‘occidentalistas’ se habrán sentido una vez más y con toda razón traicionados.

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