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Javier Cuervo

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Javier Cuervo

La voz de Pablo Milanés

Pablo Milanés, que acaba de morir, nos deja la escultura mental de un Buda mulato sentado al micrófono

Pablo Milanés. EFE

En 1979 no era nueva la nueva trova cubana que empezó a emitir Radio 3, una emisora cargada de futuro que parecía extranjera como las de onda corta y extraterrestre, como si captara ondas del más allá de la UCD. La Nueva Trova Cubana, Silvio, Pablo, Amaury, era transatlántica y travestida, de hombres con voz femenina. Pablo Milanés, que acaba de morir, nos deja la escultura mental de un Buda mulato sentado al micrófono, pero en un tiempo en que muchas imágenes quedaban a desmano su aspecto en la portada amenazaba un cantar hombruno como la voz exigente de Mercedes Sosa pero al girar el disco se oía que en su garganta vivía una mujer etérea que daba notas fragilísimas vibrando en una copa de Bohemia.

Sus letras propias describían de manera directa e íntima escenas vitales y emocionales de bienquerer. También traía poemas de José Martí, de modernismo tropical y luminoso, y de Nicolás Guillén, de color negro y social. En ‘El breve espacio en que no estás’, ‘Yolanda’ o ‘Para vivir’, sus canciones de amor, siempre dejaba un verso para la esperanza, cuando no el poema completo. En sus canciones políticas, también: ‘Yo pisaré las calles nuevamente’ imaginaba el regreso a las mismas avenidas chilenas por las que galopaba libre el caballo blanco de ‘Missing’. Faltaban muchos años para ese regreso. Por entonces el asesino Pinochet regalaba el país a Chicago, esa ciudad de gánsteres y economistas desaprensivos.

Los neotrovadores llegaron a España con los vientos del Este cuando remitía el cantautorazgo nacional y rompía en la orilla la diversión de la nueva ola. Gracias a esa feliz coincidencia, se podían tener 19 años, intrascender y sudar sin necesidad de irse a vivir a la estupidez moral.

La primera vez que vi a Pablo Milanés (Madrid, inicios de los ochenta) demostró la capacidad para la metamorfosis de la música y convirtió al gentío de un palacio de los deportes en una granja de carne de gallina. Aún me erizan una docena de sus canciones. Por eso las evito, salvo cuando necesito salir a su encuentro.

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