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Joaquín Rábago

Un ministro que no hace honor a su apellido

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska Cézaro De Luca - Europa Press

¿Se imagina el lector cuánto habría durado en su puesto el ministro del Interior del Gobierno socialista si el muerto en la ciudad autónoma de Melilla hubiese sido europeo o estadounidense?

Pero el muerto, y con él los centenares de fallecidos y heridos que le acompañaron en la tragedia, tenían la desgracia de ser de alguno de esos países que el ex presidente de Estados Unidos Donald Trump llamó despectivamente “shithole countries” (en traducción libre: “países de mierda”).

Sí, es verdad lo que reza la Declaración de Independencia de EEUU: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Todo lo cual queda muy bonito sobre el papel, pero como escribió muchos años después el ensayista y novelista George Orwell en su obra más famosa, y aunque él se refiriese en ella a circunstancias políticas muy distintas, “unos animales son más iguales que otros”.

Esto es algo que saben muy bien quienes han tenido el infortunio de nacer en alguno de esos países que han sido durante siglos objeto de cruel explotación por parte del colonialismo europeo y que no han logrado desde entonces, salvo excepciones, levantar cabeza.

Lo ocurrido en la valla de Melilla el pasado 24 de junio, justo antes de la cumbre de la OTAN en Madrid, cuando cientos de personas, en su mayoría de Sudán, país gobernado por una junta militar y en permanente guerra civil, intentaron cruzar a ese enclave español en Marruecos es un bochorno para España.

Como bochornoso es sobre todo que el ministro responsable, Fernando Grande, en lugar de reconocer humildemente lo ocurrido, pedir perdón por ello y dimitir o ser cesado, se haya dedicado una y otra vez a negar la evidencia para salvar supuestamente el honor de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y sobre todo las relaciones con Marruecos.

Hay que agradecer sin duda al consorcio internacional de periodistas que se preocupase de establecer documentalmente lo sucedido, que desmiente de manera rotunda las afirmaciones de un político que es además juez y que, a juzgar por su comportamiento, no hace honor a su apellido.

Pero bochornoso es al mismo tiempo que la derecha y la ultraderecha, preocupadas al parecer por no dejar en mal lugar a la Guardia Civil, se hayan unido al PSOE para impedir que una comisión parlamentaria investigue lo sucedido mientras hipócritamente tratan de sacar partido político de la tragedia.

Hay demasiadas preguntas en torno a ese suceso que exigen hoy respuesta y da igual, por cierto, que el número de muertos en territorio español fuese uno o varios.

Hay algo tremendamente malsano en las relaciones de España con el Reino de Marruecos, algo sobre lo que no existe en ningún caso la claridad exigible a un Gobierno democrático.

No se ha explicado, por ejemplo, el papel que pudo tener el Gobierno de Washington en el cambio de postura de Madrid frente al Sáhara, que tan negativamente afectó a nuestras relaciones energéticas y económicas con Argelia.

Y está además el problema -lo vemos también con Turquía- de la llamada “externalización de fronteras”: es decir, la entrega a terceros países de la gestión de las políticas migratorias y de asilo europeas.

Ello significa encargar a Estados nada democráticos que hagan en nuestro nombre un trabajo sucio que es contrario a nuestros “valores”. Una vez más, pura hipocresía.

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