Hay un intenso debate en las redes sobre el modelo educativo. La nueva Ley, la LOMLOE, apuesta por las competencias del alumnado, en sintonía casi perfecta con las recomendaciones y postulados de la OCDE. La pretensión es que nadie se quede atrás, y el razonamiento subyacente es que un estudiante muy bueno en, por ejemplo, matemáticas, no debería salir del sistema educativo, o tan siquiera repetir curso, si no aprueba lengua o filosofía.

Esto puede parecer razonable, pero no lo es. Una cosa es la idea y otra muy diferente el mensaje que captan los alumnos. Si se puede pasar de curso con una asignatura suspensa, entonces para qué estudiar esa asignatura que nos cuesta, que no nos gusta, o que imparte un profesor que no nos cae bien. De esta manera, el resultado real es menos esfuerzo y menos dedicación a esas materias que se complican, sean de ciencias o de letras.

El debate sobre los contenidos puede enlazarse bien con el uso de nuevas herramientas pedagógicas en el aula, sean formales (como la llamada gamificación), o instrumentales, como la creciente utilización de herramientas digitales. España cuenta con un plan de Competencias Digitales Educativas, desarrollado por el Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y Formación del profesorado (INTEF). Cada vez más padres y madres parecen estar conformes con la digitalización de las aulas, sin entrar a valorar sus bondades y consecuencias.

La digitalización de la educación debería ser objeto de un debate mucho más amplio. Sin discutir la inmersión que todos vivimos en el mundo digital, una cosa es la herramienta, y otra los contenidos. Hay profesores, como Andreu Navarra (autor de libros tan recomendables como Devaluación continua o Prohibido aprender) que cuestionan el nuevo foco en las competencias, en detrimento de los contenidos, del conocimiento. Sin la necesaria educación para comprender el mundo en que vivimos, seríamos simplemente ejecutores de las decisiones que otros toman.

Este debate sobre las competencias, las herramientas digitales o la tendencia a educar para el mercado de trabajo esconde algunas trampas. En cierta medida recuerda el nunca evaluado asunto del bilingüismo. Tanto poner el foco en impartir las materias en otro idioma (inglés, francés o alemán), que los alumnos han acabado por ignorar sus contenidos más elementales, al tiempo que su dominio de otras lenguas tampoco es ahora superlativo. Sin verdadero conocimiento, no es posible hablar de educación.