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Juan José Millás

Tierra de nadie

Juan José Millás

Mis noches

Me despertaron de madrugada unas voces provenientes del salón. Abandoné la cama, me puse una bata y fui, con cautela, a ver qué pasaba. La tele se había encendido sola. Pasaban Casablanca, una de las películas favoritas de mi madre, de modo que, como ya estaba desvelado, me quedé a verla. Lo curioso es que, cuando terminó, el aparato se apagó también solo. O lo apagó el espectro de mi madre, me dije, al no encontrarle otra explicación. Mi madre no se me ha aparecido después de muerta. Se me aparecía mucho, sin embargo, cuando estaba viva porque tenía llaves de mi casa y se presentaba sin avisar. A veces, salía yo de mi habitación y me tropezaba sorpresivamente con ella en medio del pasillo, como si fuera un espíritu. Tras su fallecimiento, recordé con frecuencia esos encuentros y atravesaba la vivienda con miedo, como si en cualquier momento pudiera manifestarse, ahora en forma de alma en pena. No creo en el más allá (casi no creo en el más acá), pero mi imaginación es muy activa. Me vienen continuamente a la cabeza situaciones inverosímiles.

A los pocos días, la luz del pasillo comenzó a encenderse y a apagarse por su cuenta. Llamé a mi hermano Ricardo, que sabe de electricidad, y dijo que podía deberse a la humedad ambiente, que a veces se cuela en los circuitos y establece contactos falsos debido a que el vapor de agua es conductor.

-Eso, o fantasmas -concluyó.

Colgué porque no me pareció razonable continuar la conversación por tales derroteros. Esa noche, la tele volvió a encenderse sola. En esta ocasión ponían Lo que el viento se llevó, otra de las películas preferidas de mi madre y que dura tres horas. Me quedé a verla con ella, con su espíritu, quiero decir. Cuando la peli se acabó, el aparato volvió a apagarse sin mi intervención. Mi madre y yo estuvimos hablando hasta el amanecer. Bueno, ella no decía nada, se limitaba a asentir y a carraspear. La puse al día de las cosas de este mundo ocultándole lo de la diabetes de mi hermana. Luego, cuando estaba preparando el desayuno, apareció mi mujer en la cocina y me preguntó dónde había pasado la noche. Le dije que había estado viendo Lo que el viento se llevó.

-Ya -dijo.

-Con mi madre -añadí yo por lo bajo, para que no me oyera.

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