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José María de Loma

Viento fresco

Jose María de Loma

Garbeo matinal por Málaga

De pronto, los libros de un escaparate comienzan a pegarse para llamar mi atención

Amanecer

Hay cola en El gato negro para comprar Lotería de Navidad. Son las diez y media de la mañana y aunque el ambiente está húmedo el sol se va abriendo paso al igual que el viandante se lo abre por entre la multitud crucerística, colorida, extranjera y jacarandosa. Un hombre que se parece al Alain Delon de los buenos tiempos, de los buenos tiempos de Alain Delon, se sitúa en la cola de la Lotería con unos ademanes y gesticulación como de no tener nada mejor que hacer en la vida (o en la mañana) y ponerse en la cola de la Lotería como podría haberse puesto en la cola de dar un pésame o de adquirir bufandas de seda. Como ya tengo un párrafo para esta columna-paseo, voy en busca de otros y subo hacia la plaza de Uncibay donde el viejo Senado de señoras sigue celebrando sus reuniones matutinas, ahora en otra cafetería. Hay más pitufos que churros en las mesas. En una de ellas un grupo de estudiantes habla del Código Penal como si fuera una novela. Me levanto la condena de tener que oírles y sigo el caminar hacia Larios y la Alameda. Llego a la librería Luces. De pronto, parado en su escaparate, observo como los libros en él expuestos comienzan a pelear entre sí por mi atención. Se pegan. Se empujan. El último de Aramburu le está atizando al libro de poemas de García Montero y el de Pérez Reverte, que es un tocho fortachón la está emprendiendo a puntapiés con la obrita de un autor local, que está ya la pobre muy perjudicada. La obra periodística de Vargas Llosa, obesa ya desde su primer tomo, trata de tapar con su corpachón la última de Dolores Redondo, que dice que los libros sobre Bilbao se ambientan donde les da la gana. De fondo, elegante y como ajeno a la pelea está ‘El deseo interminable’ de José Antonio Marina. Me acuerdo de cuando hace unos meses hablé con él en la radio. Con Marina, no con el libro. Y por una extraña asociación de ideas enfilo la plaza de la Marina donde hay patinetistas, pelirrojos, cotorras, adverbios, menestrales que fuman y oficinistas en grupo que quedan muy bien en el texto pero que quedarían mejor en sus oficinas. De un grupo oigo: «Gutiérrez, que te gusta un escaqueo». Tanto pasear y sin café. No hay tantos cafés en Málaga como dice el tópico.

-Oiga, yo no digo nada.

Entro en el Only You. Al art decó le sienta bien la zurrapa y a los extranjeros les gusta más el té que el café, lo cual es una observación apresurada, estúpida y sinsentido que a lo mejor me ha salido por estar aún descafeinado. En las cafeterías de los buenos hoteles tardan el mismo lustro en atenderte o traerte el pedido que en las cafeterías cutres, pero al menos aquí te sonríen mucho por si acaso te quedas colgado de una sonrisa y ya se te pasa el tiempo antes. Del vasito de agua siempre se olvidan. Los buenos camareros llevan sacarina en las alforjas y empatía en las entendederas. Salgo de nuevo a la calle porque a algún sitio hay que salir y porque para alojarme en un habitación me falta capital. Qué estarán haciendo ahora los de la 303. Si es que hay 303 y si es que está ocupada. De dónde serán. Qué desayunará, tramarán o soñarán. Miro las nubes.

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