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Juan Gaitán

El ruido y la furia

Juan Gaitán

La lluvia vuelve

Gente pasea bajo la lluvia por el Centro de Málaga. Álex Zea

Me ha despertado la lluvia. En esos breves instantes del duermevela, antes de tener conciencia de en qué lugar del espejo te encuentras, tuve la sensación de que oía pájaros cantando. En la casa que hay frente a la mía un hombre cría canarios en una cochera. Cuando la primera luz, con sus pasos de cristal, rompe la noche, ellos rompen el silencio porfiando a ver cuál trina más fuerte, más agudo, más armónico.

Sin embargo, era el murmullo de la lluvia y era, todavía, de noche. Aún dormían los pájaros. Hacía mucho que no me despertaba la lluvia. Me quedé unos minutos en la cama oyéndola, del mismo modo que oía aquellos cuentos que me contaban cuando niño y que tenían su mayor belleza, precisamente, en la repetición exacta. La lluvia es siempre un recuerdo, es siempre un regreso. La lluvia no llega, la lluvia vuelve. Así era esta lluvia esta mañana, la repetición exacta de otra lluvia, de otra vez que oí llover.

Menos mal que ha vuelto. En este sur que habito y que me habita no suele quedarse demasiado tiempo, siempre viene con prisas. Dicen los boletines de la radio, las noticias del periódico, que no están significando mucho en las reservas hídricas, que los pantanos siguen pareciendo un secarral. De modo que, hasta el momento, esta lluvia solo sirve para la nostalgia y para alagar las calles.

Fue en otra lluvia, en otro oriente, en otro tiempo, no lejano. Esperaba a las puertas de un hotel de Cuenca a que vinieran a recogerme. A mi lado un chaval, apenas veinte, veintiún años, fumaba un cigarrillo. Nos damos los buenos días y el chico comienza a hablarme. Me cuenta que está en viaje de estudios. Habla un bellísimo español con acento de América del Sur, probablemente colombiano. Y de repente me pregunta: «¿y usted qué hace aquí?». Le muestro los libros que llevo en la mano. «Soy poeta, le digo. Me han invitado a un encuentro de poetas, ‘Náufragos’, y voy a leer unos versos para otros poetas y para el público que quiera venir a escuchar». El muchacho me mira sorprendido y, de pronto, me pide: «léame un poema». Me quedo un poco sorprendido. María Alcocer, la poeta y amiga que venía a recogerme, aún no llegaba. Me avengo con una sonrisa entre tímida y avergonzada. «Espere», dice el muchacho, y corre al vestíbulo, convoca a sus compañeros: «venid, van a leernos un poema». Y allí, de pronto, rodeado de jóvenes, leo: «Sí, escribo para eso,/ para ahogar las sombras/ de aquella mañana en que estaba/ acercándome al poema,/ rodeando su aire,/ oyéndolo tiritar,/ y lo supe inasible./ Sí, escribo para eso,/ para no admitir/ que escribir es imposible». Una de las chicas del grupo me dice: «nos ha hecho usted un regalo inolvidable, muchas gracias». Vuelven al vestíbulo. La lluvia arrecia. Quién sabe si, cada vez que vuelva la lluvia, acaso esa chica se acuerde de mí, del poema, de aquella lluvia, como me acuerdo yo.

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