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Javier Cuervo

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Javier Cuervo

Dinero suelto y en metálico

El dinero tiene algo: los pobres que no acaban de ganarlo con el sorteo de Navidad se consuelan diciendo «pero tenemos salud»

EFE

Dicen que los españoles nos resistimos a abandonar el efectivo y que, en cuanto acabaron los pavores del Covid-19 y sus leyendas sanitarias contra el papel de periódico, los billetes y las monedas, volvimos a lastrarnos los bolsillos y los bolsos con dinero en metálico. Antes del Covid tenía sentido ese dinero que se calienta en los bolsillos o se esconde en los monederos porque muchas minucias no se podían pagar con tarjeta. Un retraso de más de 30 años respecto a las capitales calvinistas, donde toda expresión del dinero es siempre bien recibida.

El dinero físico representa la compra de manera muy figurativa, mientras que el pago electrónico es abstracto. Recuerdo (remotamente) haber leído la fascinación de Sartre por la potencia del dinero en el acto de la compra, por el hecho de que las monedas o los billetes sobre el mostrador se convirtieran en objetos o servicios. El dinero tiene algo: los pobres que no acaban de ganarlo con el sorteo de Navidad se consuelan diciendo «pero tenemos salud». ¿Los millonarios con enfermedad terminal dicen «pero tenemos dinero»? Seguramente, sí. En general, a los adictos la salud les importa poco.

El metálico que tiene menos valor de cambio es el que tiene más uso, ese que llamamos «dinero suelto» y, a pesar de ello, nos sorprende lo pronto que se escapa. Ahora el gobierno de Madrid anuncia la conveniencia de la propina en el bar para paliar el mal convenio de la hostelería y, aunque se puede propinar ese plus desde el móvil, el tintineo en el platillo y la campana en la barra festejan esa liberalidad como una gratitud en metálico.

Nadie está más perjudicado por la falta de suelto que el mendigo porque, aunque casi todos tengan móvil, no es frecuente hacerles un pago directo por bizum. Los animalistas les dan a pobres con mascota y los creyentes a los pordioseros. Como soy lector, les doy algo a los mendigos que leen y también a un pordiosero desorientado llegado del corazón de África que, irreverente sin quererlo, todos los días desea «feliz semana santa».

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