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Matías Vallés

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El año de Zelenski, el payaso valiente

Cuando invitaron al presidente ucraniano a abandonar su país ante la acometida rusa, replicó que «no necesito un viaje, necesito armas», y la invasión se convirtió en un infierno para Moscú

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski

La primera escena no corresponde al protagonista principal de este artículo. Vladimir Putin confraterniza a finales de este año en el Kremlin con las madres de soldados rusos fallecidos en Ucrania, y que mantienen su fidelidad al líder ruso. Les suelta sin contemplaciones que sus hijos «en lugar de perder la vida alcoholizados o en accidentes de tráfico, mueren como héroes de su patria». Es pertinente escandalizarse ante la desfachatez patibularia del autócrata, pero todavía más útil preguntarse cómo ha llegado Moscú a esta situación subordinada, a un discurso de perdedor. Para plantear a continuación el interrogante al rebaño de expertos que el 24 de febrero medían en días, y no demasiados, la toma de Kiev. El siguiente rodeo retrocede a los años ochenta. Ronald Reagan estaba un poco harto de las chanzas sobre la llegada de un profesional de Hollywood a la Casa Blanca, unidas al sarcasmo de quienes lamentaban que no hubiera sido elegido para protagonizar Casablanca en lugar de Humphrey Bogart, una tragedia para el cine pero un alivio para la geopolítica. De ahí que el desenfadado presidente estadounidense replicara: «No veo cómo podría ocupar este puesto alguien que no fuera actor».

Y así se llega a la rabiosa actualidad de Volodimir Zelenski, el hombre del año, el payaso valiente que desarboló las expectativas de un Putin que lo consideraba un cobarde en potencia. El tantas veces citado 24 de febrero, se le ofreció al presidente ucraniano un avión para abandonar su país y acomodarse tal vez en la villa italiana que había comprado durante su carrera de oligarca televisivo. Rechazó la hipótesis del exilio con un shakespeariano «no necesito un viaje, necesito armas».

Con estas palabras de un pragmatismo impropio en un clown, cambiaba la historia del mundo y la invasión se convertía en un infierno para Moscú. Quedaba desenmascarado un líder ruso del siglo XIX que pretendía desarrollar una guerra del XXI desde la hegemonía artillera del siglo XX, el mejor resumen de la contienda a cargo de Giuliano da Empoli, que ha escrito en El mago del Kremlin el libro más importante del año en cualquier categoría, todavía no traducido. El heroísmo prometido a las madres dolientes estuvo ausente, pero se multiplicaron los muertos rusos que eran enterrados en suelo ucraniano, para evitar los intolerables ataúdes.

Ningún ser humano en sus cabales desearía haber atravesado el 2022 que ha padecido Zelenski, sin dormir más de tres horas consecutivas, con varios cambios de refugio diarios. Casi un año sin salir de su país. El apoyo estadounidense puede ser determinante en esta guerra teledirigida, pero el músculo importado no disminuye el coraje mostrado por los ucranianos sobre el terreno.

El vuelco no se produce con las decisiones bélicas posteriores, sino con la decisión inicial de quedarse en Ucrania y de remedar el discurso de Churchill sobre la lucha «en las playas, en las calles, en las colinas». En la transposición inevitable, Zelenski se ha convertido en «uno de los hombres más peligrosos del mundo», parafraseando la expresión que Hitler dedicó a la esposa de Jorge VI y Reina Madre de Isabel II, que también se negó a abandonar Londres una vez que los bombardeos nazis alcanzaron Buckingham Palace.

Era payaso y millonario, qué podía salir mal. El cinismo mercantil plantea la disyuntiva entre una paz injusta o una guerra injusta, rematada con la generosidad de darle una última oportunidad a Putin. El presidente ucraniano acabará por convertirse en una figura incómoda para sus colegas. No por sus condiciones de humorista o de ganador de la edición correspondiente de Mira quién baila. El corajudo Zelenski ha implantado un test del valor. Los ciudadanos europeos miran hacia sus líderes respectivos, comparan y no siempre se sienten satisfechos.

Zelenski mide la templanza del líder ante el «bombardeo moral», y todos lo son desde que Churchill instaurara la doctrina sangrienta para represaliar a alemanes y japoneses. El presidente ucraniano ha colocado el listón muy alto, si ya solo es educado votar a gobernantes que puedan aguantar las bombas sin pestañear. El test del valor se completa mirando a los dirigentes y preguntándose si se quedarían a luchar, o si enunciarían un resignado «necesito un viaje». Occidente se ha vuelto tan acomodaticio que, ante las primeras embestidas de Rusia contra su vecino, recibía con los brazos abiertos a los hombres que huían de Ucrania. Se olvidaba que eran cobardes renunciando a defender a su país.

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