La muerte de Benedicto XVI ha sido más previsible que su renuncia al papado hace diez años. “El tiempo enfría, el tiempo clarifica”, escribe Thomas Mann en La Montaña Mágica. Tenía razón. Ahora es más fácil reconocer los motivos de la dimisión que llevaron al alemán Josef Ratzinger a hacer historia como sucesor 265 de San Pedro. No solo su precario estado de salud sino también por los escándalos que acumulaba la Iglesia y que, como prefecto para la Doctrina de la Fe con Juan Pablo II, conocía con detalle y de forma exhaustiva.

En aquel 10 febrero de 2013 que publicábamos en La Provincia, del grupo Prensa Ibérica, la intención del Papa de renunciar como Obispo de Roma, dos días antes de que se hiciera pública, aún contábamos con la presencia en los palacios vaticanos del inolvidable monseñor José Luis González Novalín, profesor asturiano de Historia de la Iglesia y buen conocedor de los grandes Papas del siglo XX, fallecido en 2020 víctima del coronavirus. Pese a sus coincidencias intelectuales y eclesiales con Ratzinger, González Novalín sostenía con sus brillantes descripciones que el Papa alemán “para arreglar un problema en la Iglesia creaba cinco”. Tal vez esa percepción la compartía el mismo Benedicto XVI y fuera ese uno más de los motivos que le llevaron a renunciar.

En aquel tiempo en el que con 85 años Ratzinger se proponía “renovar nuestro pensamiento”, como recogió a su biógrafo Peter Seewald, ya se había quedado ciego del ojo izquierdo y utilizaba un marcapasos, de ahí que quisiera entregar la sede romana a “unas manos más jóvenes y fuertes”. Seewald sostiene que la renuncia solo respondía a “razones de salud”, pero la “suciedad” en la Iglesia era excesiva y abrumaba al intelectual alemán, que ya lo había manifestado en público. Se ha visto la “mala salud de hierro” del alemán, que para estar “agotado” en la sede de Pedro en el momento de la renuncia, no solo ha superado una pandemia sino que ha disfrutado de un decenio como emérito en los muros vaticanos. Y deja una imborrable huella en la Iglesia. La dimensión intelectual y teológica de su pontificado ha sido excepcional e incomparable con otros sucesores del apóstol Pedro. Ese estilo le llevo a serias discrepancias con algunas corrientes teológicas, y muchos cardenales, como quedó de manifiesto con su obra “Jesús” y en la liturgia de la misa con el “por muchos” de las palabras de la consagración del vino, que Ratzinger modificó del tradicional “por todos”.

Ha cumplido la máxima tradicional de que la salud del Papa es buena hasta el día de su muerte. Todos estos años, merece subrayarse, sin interferencias con Francisco. Son diferentes pero la discrepancia con su sucesor ha estado siempre “muy lejos de sus intenciones”, según Antonio Pelayo. “Yo no he hecho más que recoger el testigo de Benedicto”, declaró Francisco en sus entrevistas. “Para mi es un padre, un hermano. Es la santidad hecha persona”.

El teólogo más leído en la actualidad muere a los 95 años sin dejar la sede vacante, con Francisco en ejercicio, un pontífice que se ha salido de los esquemas romanos, un argentino jesuita que ha sabido hacer más ancho el camino emprendido por Benedicto XVI en el diálogo con el mundo, entre la fe y la razón y las ciencias. Ratzinger, el Papa emérito, el brillante intelectual alemán, llorado por segunda vez, en su retirada definitiva, escribe hoy otra página en la historia de la Iglesia.