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Aracely R. Robustillo

Pide perdón

En esta vida hay cosas que nos retratan. Que definen quiénes somos y dejan en evidencia incluso la parte de nosotros mismos que preferimos que nadie vea. Una de ellas es nuestra reacción a la reprobación. La respuesta a un ‘tirón de orejas’, especialmente en público, es una de esas conductas dignas de análisis y reflexión, que te pueden dejar con el culo al aire.

Hace unos días, dos campañas publicitarias estuvieron en el ojo del huracán de la atención mediática: una, de Balenciaga, y otra, del Ministerio de Igualdad, que también salpicó de lleno a nombres muy conocidos, como Pablo Motos. La respuesta a las críticas por parte de los aludidos no ha podido ser más esclarecedora. Reconocer errores en nuestro país, ya se sabe, es una ‘rara avis’, casi tanto como dimitir o pedir perdón, y por eso hay quien prefiere negar la mayor y arroparse de ‘palmeros’, antes que entonar el ‘mea culpa’ y apechugar con las consecuencias.

La estrategia comercial de Balenciaga de fotografiar a niños con objetos sadomasoquistas para vender sus exclusivos productos, ha tenido un rechazo visceral y espontáneo en redes sociales. Y no es de extrañar. En España, según estimaciones de Save the Children, entre un 10 y un 20% de la población ha sufrido algún tipo de abuso sexual durante la infancia. Y la fundación ANAR advirtió en 2020, que la tasa de crecimiento de este tipo de delitos en la última década ha sido un 300%, es decir, que se han multiplicado por cuatro, pasando de 273 casos en 2008 a 1.093, en 2020.

Con estos mimbres, es normal que haya a quien no le parezca de recibo que se fotografíe a un menor con cualquier elemento que haga la más mínima referencia a algo que tenga que ver con el sexo. Hay que decir que la campaña se retiró al hilo de las críticas y los responsables de la marca pidieron disculpas.

Claro está que no somos tan ingenuos como para creer en la sinceridad de las mismas. En los tiempos que corren, la consigna de los buenos profesionales del marketing y las relaciones públicas es que una vez ‘pillados en falta’, más vale una respuesta rápida, un ‘lavado de cara’ de toda la vida, aunque esté vacío de verdad o de propósito de enmienda.

Acuérdense del efectista: «Lo siento, me he equivocado, no volverá a pasar», del rey emérito, cuando se lesionó ‘cazando’ elefantes en África. Si hubiésemos sabido que no era más que la punta del iceberg, aquella frase hubiera quedado en agua de borrajas, pero por entonces el mero hecho de admitir el error, fue algo que muchos apreciaron.

Luego está lo la campaña de Igualdad para el 25N, ‘¿Entonces quién?’, con alusiones directas o indirectas a temas o personas que han estado relacionados con la violencia de género en los últimos tiempos. Pablo Motos, presentador y director de ‘El hormiguero’, se ha dado por aludido, hasta el punto de haber dicho sin despeinarse que se han gastado un millón de euros para llamarle machista (nada egocéntrico, él). Ese simple hecho, ya describe al personaje.

Lo cierto y verdad es que este señor parece no solo no haber reflexionado sobre si puede haber algo de verdad en las acusaciones que él mismo se atribuye. Además, es tan soberbio, que ni se cuestiona por un momento si con sus palabras o hechos ha podido molestar o incomodar a alguna de las invitadas de la ristra que ha salido a colación de la polémica.

A él le parece ‘en contexto’ y gracioso, preguntar a las mujeres si llevan bragas, hacer hincapié en sus canalillos, intentar besarlas, si cuela, y ser un baboso en general. Y si a alguien más no se lo parece, y le afea su comportamiento aportando pruebas gráficas del mismo, que para eso es un programa de televisión y está todo grabado, pues demanda al canto, que eso siempre acojona al personal. Y punto pelota.

La vida a menudo nos demuestra que son los conceptos más primarios, que aprendemos de niños, los que sientan las bases de los adultos en los que nos convertimos. Lo de pedir perdón, cuando se hace algo malo, es de primero de Educación Infantil. Hacerlo de forma sincera y espontánea es de sobresaliente; incluso cuando no se tiene arrepentimiento ninguno, ni intención de cambiar, dar el paso merece un aprobado raspado por el gesto. Enfadarse, dejar de respirar y ponerse en plan ‘matón’ es un suspenso. Ahí lo dejo.

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