En el año 2012, Manuel Castells, uno de nuestros académicos más internacionales, publicó un libro de alto impacto dedicado a su maestro, Alain Touraine, y titulado 'Redes de indignación y esperanza'. Castells sería ministro de Universidades entre enero de 2020 y diciembre de 2021, y quizás sea recordado por esa etapa gris por los pocos que aún le recuerden. Pero sus publicaciones eran esperadas con entusiasmo por sus lectores, y sus libros eran de los pocos libros nacionales que tenían recorrido global en el ámbito de las ciencias sociales.

En ese libro, Castells apostaba por el viento del pueblo levantado por los nuevos movimientos sociales, y su articulación a través de las redes. En aquellos momentos llamaron su atención las protestas en Egipto, Occupy Wall Street y los llamados «indignados» en España, preludio de Podemos. Toda aquella canalización del hartazgo y la esperanza quedó en casi nada. De hecho, diez años después, las redes parecen ocupadas por las masas antidemocráticas, que se han servido de ellas para protagonizar episodios de involución como el asalto al Capitolio de los Estados Unidos o la ocupación de las altas instituciones brasileñas por los exaltados seguidores de Bolsonaro.

La iniciativa indignada parece corresponder ahora a quienes no aceptan la legitimidad democrática, y a quienes alientan la desconfianza y la sospecha sobre las instituciones que nos gobiernan a todos. En Twitter, alguien ha recordado, con precisión, que al llegar Elon Musk a la cúspide de la cadena de mando ordenó desmantelar el equipo de moderación de contenidos de Brasil. No se sabe si esta decisión ha tenido relación directa con el amotinamiento civil de la masa extremista, pero lo que sí está cada vez más claro es que los discursos de odio campan a sus anchas por las redes y que las plataformas no parecen dispuestas a manejar esta situación. Sólo aspiran a ganar dinero sembrando división e inquietud.

En la Unión Europea, la llamada Ley de Servicios Digitales (Digital Services Act) se ha aprobado para obligar a la moderación de contenidos peligrosos para la convivencia colectiva, entre otras cosas. En 2011, un año antes de la publicación del libro de Castells, Lula, entonces presidente de Brasil, como ahora, dijo en Madrid que había que proteger a Europa, porque Europa es «patrimonio democrático de la humanidad». Diez años después de aquellas palabras, todo parece cobrar un nuevo sentido. La democracia también es frágil. Cuidémosla.