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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

El dolor de espalda

Anna Bizon

El santo de mi ex era hipocondríaco y futbolista. En ese orden. Una combinación difícil de imaginar en un mismo cuerpo pero también era sordo Beethoven y ahí tienen el ‘Para Elisa’. Recuérdenlo el próximo día que el televisor de la esquina del bar tenga puesto un partido y vean al futbolista de turno retorcido de dolor rodando por el césped lo justito y necesario hasta que el árbitro saca una tarjeta. O pita falta. Y ya, ¡oh, milagro! se levanta de un salto a chutar a puerta.

Mucho antes que yo de lo mío ya se lamentaba Rita Hayworth de que «todos los hombres se van a la cama con Gilda y se despiertan conmigo», así que tire la primera piedra quien no se haya acostado con un futbolista para levantarse con un hipocondríaco. Por ejemplo. Que el oro parece, plátano es amanece de múltiples formas. Por eso, que a ninguna le sorprenda que si es ni de izquierdas ni de derechas le suene un ‘Cara al sol’ como alarma.

Así que un día de aquel efímero matrimonio, mi churri volvió a casa a las mil después de este partido o aquel entreno y me encontró en la cama después de mi mundana jornada de trabajo, estudiar mi carrera cada vez más a distancia y comerme con patatas nuestra casa y montón de hijos. Me quejé de que me dolía la espalda a lo que me contestó: «a mí sí que me duele la espalda». Sumé a lo de la espalda un rechinar de dientes porque ‘a mí sí’ significa que a ti no. Porque ‘a mí sí’ representa el orden exacto de importancia que pones a las cosas. Como todo es información y vida no hay más que una, nos divorciamos. No por eso o no solo por eso, caramba, pero cuando escuchen lo de ‘la gota que colmó el vaso’, quiere decir que el vaso estaba ya muy lleno de otras gotas. Hay gotas gordísimas, por supuesto. Hay gotas de kilo y medio, pero tampoco hay que desmerecer esas gotitas chiquitinas que a otros les causan risa. En cenas sociales con otros matrimonios -a los que perdí la pista pero calculo ya todos divorciados- causaba admiración a la par que su juego de piernas, su memoria capaz de recordar la alineación y quién había marcado cada gol en cada partido relevante de la historia. Cómo explicar que a mí me importaba una mierda que Paolo Rossi se hubiera hecho con la Bota de oro en el 82 lo mismito que me dolía que no fuera capaz de recordar el cumpleaños de uno solo de sus hijos. «Pero es que para eso, ja, ja, ja, tengo mala memoria» se reía y con él los otros señoros hasta que alguno -fijo que el siguiente divorciado- añadía: «Pero es que, jo, jo, jo, para eso estás tú».

Nos vimos el otro día para tomar un café de esos que se alargan, con esa sana cordialidad que supimos construir tras separarnos que ya querrían para sí muchos casados. Nuestros Pokémon han evolucionado en su ni-machista-ni-feminista y ese cuerpo esculpido a base de años de duro entrenamiento y desayunar claras de huevo, y en este cuerpo mío, no-equidistante, fofo y rencoroso. Por supuesto a él se lo rifan las solteras y yo sigo aquí, soñando que algún día alguien me mira como él mira una portería en el tiempo de descuento. Pues va y se le ocurre al santo de mi ex, ja, ja, ja, sorprender a nuestros hijos con la anecdotilla aquella de cómo me irritaba su maravilloso talento de retención de resultados, ¿te acuerdas? Y yo, que debí llevarlo de pareja a ‘Saber y ganar’ en vez de a la sala de bodas de un ayuntamiento, noto que me vuelve aquel rechinar de dientes y delante de nuestros vástagos, voy y le pregunto cuándo son sus cumpleaños. «¿Cómo sus cumpleaños?», duda el centrocampista. «Sí, eso exactamente, ¿cuándo nacieron nuestros hijos?». El mío lo suelta de tirón, retenido por alguna extraña razón en la misma nube en la que habitan los goles de Quini o Butragueño, pero de nuestros hijos créanme que no acierta, jo, jo, jo, ni el día ni el mes. ¿Y qué iba yo a reprocharle? Si también me hago un lío sobre si tengo que preguntarle por el ligamento cruzado anterior ¿o era algo del menisco lo de su última dolencia? Y de sobra sabemos ya a estas alturas -del partido- que en su lista de importancias están tan encima las lesiones, como en la mía, los cumpleaños. Me acordaba de esto, punto por punto, el otro día mientras asistíamos anonadados al déjà vu de un intento de golpe de Estado, ahora en Brasil. No porque los miles de bolsonaristas que asaltaron las sedes del Congreso, el Supremo Tribunal Federal y el Palacio del Planalto, lo hicieran de la misma guisa con la que semanas atrás invocaban a los extraterrestres para que abdujeran a Lula da Silva al agujero negro de la no democracia: con la camiseta de la selección, en lugar de ir de camuflaje, por ejemplo. Fue una vez más por la frivolidad en las supuestas condenas de muchos de nuestros gobernantes y aspirantes a gobernantes que en lugar de condenar lo malacontecido y punto, utilizan cualquier cosa, cualquier catástrofe… hasta el más terrible mal ajeno para decirnos: «A mí sí que me duele la espalda». Y no encuentro el marciano que nos divorcie de ellos…

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