El viento nos revela lo cerca que estamos del límite. Málaga vive unas jornadas donde los fenómenos costeros nos advierten de lo frágil de nuestras ambiciones; de estas sutiles existencias compartidas las cuales nos zarandean perdiendo un norte fugado, un rumbo quizá no muy bien reseñado en el cuaderno de bitácora de este tiempo: la incertidumbre lo inunda todo en un período que comienza con un sigiloso deambular, atrapados por los poderes y decisiones de una minoría asentada sobre su propia jactancia. ¿Quién lo ha contemplado? El viento no lo vemos pero en el momento que los árboles se inclinan, cuando son derribados –como en el caso de calle Bolivia -, el vendaval ostenta todo su alcance. En esta añada picassiana, Pablo Ruiz me recuerda: «cuanto más viejo te vuelves, más fuerte es el viento; y siempre te da en la cara». Cierto es que cuando caminamos hacia el cenobio de la senectud, la galerna se enfurece más al observar nuestra debilidad connatural y lo susurra con su singular verbo.

El lenguaje utiliza términos que hacen referencia a la meteorología para designar conductas relacionadas con patologías diversas; así, el proceder humano se entrevera con la actuación del cosmos. El ser establece analogías con la naturaleza y en cuanto al viento, lo asocia a un cometido metafísico. Quién no ha escuchado alguna vez expresiones como «le dio la ventolera», «mal de viento», «un mal aire»… Son expresiones populares para identificar al viento con males ilocalizables a los que se les pueden denominar anomalías del alma. Sin embargo, al aire tiene cualidades benefactoras. Deseo que éstas toquen a nuestra puerta en la Feria Internacional de Turismo (Fitur); vientos favorables para la presentación del Año de Picasso y la candidatura a la Expo 2027, situando a Málaga como capital internacional de la brisa contenida. Buena travesía a la tripulación malagueña.