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José Luis Raya

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José Luis Raya

El vecino

Actuación en un edificio okupado en Madrid. | E.P. europa press. málaga

Al vecino siniestro, como a la vieja del visillo, se le puede ver, desde su atalaya, observando todos sus dominios. Incluso con prismáticos. El observador observado. Una suerte de curiosidad malsana, ya que puede llegar a convertirse en un trastorno digno de una terapia, puesto que se transforman en auténticos verdugos de sus propios vecinos, pues están siempre al acecho de que se produzca, según ellos, cualquier irregularidad. Estos personajes suelen ser mezquinos y miserables a la par, se entrometen en las vidas ajenas y en todo lo que a sus propios vecinos les preocupe o les ayude a mejorar. Solo están ahí para poner zancadillas e incordiar, curiosamente sin aplicarse a ellos mismos las propias leyes que reclaman para los demás. Leyes que suelen ser tergiversadas y manipuladas a su antojo, como esos grandes manipuladores (o manipuladoras) que son. No estoy refiriéndome a nadie en concreto, pues en todas las comunidades de vecinos suele haber uno o una que ni viva, ni deje vivir. Son aves de mal agüero que en sus entrañas encierran la maldición misma del desaliento, el malvivir, las irritaciones, la falta de sueño, los quebraderos de cabeza y, en definitiva, la mismísima injusticia e inhumanidad que ellos mismos van generando con sus chismes, sus zancadillas y sus ganas de enturbiar las relaciones cordiales entre vecinos. Suelen ser fanfarrones y envidiosos a la par; pero sobre todo son grandes déspotas: intentan que su opinión prevalezca siempre sobre el criterio de la mayoría.

Lo peor de las tropelías afectivas que cometen, e incordios, es que no suelen aplicarse las mismas normas o leyes que ellos mismos reclaman. Son, por consiguiente, rastreros, ruines y tremendamente egoístas. Y lo peor de lo peor es que no son conscientes del daño que están cometiendo. La Justicia debería actuar ya contra estos energúmenos: una especie de terroristas de las comunidades de vecinos.

Estos no tienen género, ni número. Pueden ser hombres y mujeres. Incluso adolescentes. Todos conocemos de oídas, o a través de las noticias, al típico ciudadano, a veces de apariencia ejemplar, que les puede hacer la vida imposible a sus convecinos.

Es cierto que, como todo, tienen sus grados y escalas.

Tal vez conozcamos a alguien que haya dejado su piso a causa del que tiene viviendo arriba, abajo o más allá. En ocasiones, lo hemos visto en los noticiarios: la comunidad se ha reunido para tratar de echar a ese perturbado (o perturbada) que defeca u orina en los ascensores o en la mismísima puerta de tu propia casa. Pone la música a todo volumen a las cinco de la mañana. Puede llegar a amenazarte con una navaja o simplemente te insulta o te escupe, y digo simplemente porque esto podría ser un mal menor comparado con todo ese calvario que muchos vecinos y vecinas de España están sufriendo. Estoy seguro de que muchos lectores estarán asintiendo con este artículo.

Esto puede ser mucho peor que el caso de los okupas. Estos se pueden meter en tu propia casa, pero los otros se meten en tu vida y en tu salud, hasta devorarte tu paz y tu tranquilidad como un gusano vil. Hay casos de amigos, familiares y conocidos que claman al cielo, mejor que clamen a la Justicia. Esta justicia ciega, pero no por su neutralidad sino por su estulticia. Suelen tener las pruebas fehacientes delante de sus narices y siguen cometiendo, paradójicamente, injusticias, apoyando siempre al verdugo y al sinvergüenza.

Sin embargo, los jueces y las juezas, lo único que hacen es aplicar las leyes, esas leyes que nuestros políticos ineptos han elaborado, quizás mientras bebían y jugaban a las cartas. Esto último quisiera que se tomara como una metáfora.

No es de recibo, como suele decirse, que el okupa se meta en tu casa y no puedas echarlo; que la mujer viva aterrorizada dentro de su matrimonio, o que el exmarido no pueda ver a sus hijos; que te realicen una ciberestafa y que el banco se lave las manos; o a un enfermo de cáncer que le dan cita en un período de cinco o seis meses; o que una comunidad entera sea manipulada por un-a miserable y amargue la existencia de algún vecino. Estamos rodeados de injusticias, de vez en cuando el juez debería utilizar un poco más el sentido común y, sobre todo, la Justicia con mayúscula. Sin embargo, como he apuntado anteriormente, son nuestros magníficos y diligentes políticos los que elaboran estas leyes tan equilibradas y honestas.

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