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Rafael de la fuente

EL CONTRAPUNTO

Rafael de la Fuente

En un mes de junio, por los campos de Irlanda

En 2005 Irlanda estaba también contaminándose, incubando entonces una monstruosa burbuja inmobiliaria, reunidos en Cork, de un urbanismo salvaje sin conciencia ni sentido ético al servicio de los intereses de los especuladores.

Una panorámica de Carrauntoohil, en el condado irlandés de Kerry

La verdad es que lo supe inmediatamente. Era el 16 de junio del 2005. No había duda alguna. Irlanda estaba también contaminándose, incubando entonces una monstruosa burbuja inmobiliaria. Y lo vimos los que estábamos aquel día en la encantadora ciudad de Cork. Distinguida aquel año con todos los honores como la Capital Cultural de Europa. Nos había reunido allí el Consejo de Europa para participar en los trabajos de la tercera reunión destinada a la implementación de la entonces flamante Convención Europea del Paisaje. El gran tratado internacional que debería unificar y coordinar las políticas de protección de los patrimonios paisajísticos de Europa. Avalaban el calibre de aquella reunión la presencia de personajes como el profesor Florencio Zoido-Naranjo, alma insigne de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Además de tantos otros insignes personajes que la falta de espacio nos impide enumerar.

Nunca sabré si fue una casualidad, pero esa misma noche, a las nueve y media, la primera cadena de la televisión irlandesa, la ERT-1, transmitió en Prime Time, en horario de máxima audiencia, un programa que ponía la lupa sobre algunas famosas costas turísticas españolas. Víctimas éstas de un urbanismo salvaje, sin conciencia ni sentido ético, al servicio de los intereses de los especuladores. Confieso que no fue un buen momento.

Los realizadores del programa de la primera cadena irlandesa sabían que estaban transitando por un campo de minas. Pues era obvio que también en Irlanda se daban situaciones, que comenzaban a compartir ciertas características con las descritas en nuestros sufridos litorales españoles. Aunque estaba claro que ellos, los irlandeses, eran todavía unos principiantes, casi unos pardillos, comparados con nosotros, los de aquí, con experiencias más largas y consolidadas en aquellas lides tenebrosas de la especulación. Gracias al lápiz mágico que abría las compuertas del dinero, siempre generosas, a través de unos bien trabajados trazos sobre la cartografía, tantas veces trucada, de los planes de ordenación urbanística.

Aquella tercera Reunión del Consejo de Europa comenzó el 16 de junio del 2005. Con solemnidad y esperanzas. Dos días después tuvimos el privilegio de ser invitados a una lección magistral por el maestro  Terry O’Regan, uno de los más grandes expertos europeos en gestión y conservación de patrimonios naturales, fundador y coordinador de la ejemplar Alianza Irlandesa por el Paisaje (Landscape Alliance Ireland). Su aula magna fue un autocar de gran capacidad con el que recorrimos todo el condado de Cork. Nos llevó a lugares espléndidos, donde observamos experiencias en el campo de la conservacion y la proteción paisajística de las que valía la pena aprender. Como no podía ser menos, el maestro nos llevó también a ver aquello que nunca se debería haber permitido. Como aquel lugar, otrora mágico, el que había sido una hermosa bahía, que ahora nos recordaba, según Terry O’Regan, algunos de los horrores más brutales de la Costa Brava catalana. También nos mostró un grupo de “trophy houses”, ostentosas casas-trofeo, sacrílegas en su mal gusto, construidas recientemente por los especuladores para su propia glorificación en un lugar de notable valor paisajístico que alguien decidió no respetar. De todas formas, era obvio que ellos eran unos principiantes. Los mediterráneos que estábamos en el autocar nos sentimos indulgentes con los todavía juveniles esfuerzos de los flamantes aspirantes a convertirse en depredadores de la verde y siempre querida Irlanda.

Un paisaje del norte de Irlanda.

Como en el poema de John Donne, era obvio que las campanas doblaban también por nuestros amigos de Irlanda. Desde ese púlpito catedralicio que es el Financial Times, nos llegaría el 17 de noviembre de aquel año un editorial en el que nos avisaban de que en Europa entrábamos  en tiempos borrascosos. Cito al ilustre diario británico: “Los bancos irlandeses han sido esquilmados hasta tal grado por el hundimiento de la burbuja inmobiliaria que la mayoría de ellos sólo podrán sobrevivir gracias a la inyección de cincuenta mil millones de euros, dinero que está siendo aportado con cargo a los bolsillos de los contribuyentes.”

Conservo como un tesoro entrañable el volumen monográfico de 307 páginas que nos envió después el Consejo de Europa a los asistentes a aquella reunión, con motivo de la celebración de aquel encuentro en aquel ya lejano mes de junio del 2005. Repasando sus páginas, impresas sobre el espléndido papel satinado que suele utilizar el Consejo de Europa para sus más augustas publicaciones, me encuentro de nuevo, con emoción, con textos magistrales, cuyos autores todos admirábamos. Entre ellos, el texto aportado por el ya citado maestro irlandés, el legendario Terry O’Regan y otros tan doctos como él. Brillantísimos y a la altura del magnífico discurso que puso el broche de oro de aquellas jornadas inolvidables. Que correspondió a la eminente jurista e imprescindible especialista internacional en Derecho Medioambiental, la gran doña Maguelonne Déjeant-Pons. La que fuera durante muchos años la legendaria responsable de Planificación Espacial de la Dirección General IV del Consejo de Europa, de tan gratísima y admirable memoria.

A todos ellos, nuestra gratitud, nuestra admiración y nuestro respeto. Y nuestros saludos desde una España que siempre será su casa.

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