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China, del Tigre al Conejo y bajo la amenaza del Covid

China deja atrás el año del Tigre y encara el del Conejo. La realidad es que, si bien el conejo es un animal que transmite simpatía y dulzura, a China le espera un año complicado

ALEX PLAVEVSKI (EFE)

China deja atrás, a partir del 22 de enero, el año del Tigre y encara el del Conejo. En la astrología china esto supone pasar de doce meses dominados por situaciones de fuerza, agresividad y valentía, que trasmite este felino, a un nuevo año lunar más sereno, influido por un animal considerado hábil, paciente y responsable. “Un conejo astuto tiene tres madrigueras”, dice un proverbio chino, lo que se puede interpretar que este animal no sólo tiene muchas ideas, sino que tiene facilidad para adaptarse al entorno y es muy rápido para detectar y protegerse de un peligro o de una situación desfavorable. Unas cualidades que posiblemente necesitará el presidente chino, Xi Jinping, para superar los retos que enfrenta este año.

Xi Jinping, tuvo su momento de gloria en el año del Tigre cuando vio consolidado su liderazgo en el Partido Comunista chino (un cargo más importante que el de presidente del país en el gigante asiático) por cinco años más, lo que le convierte en el líder más poderoso del país desde los tiempos de Mao. Pero seguramente no olvidará los zarpazos que recibió en los últimos meses del año en forma de protestas callejeras pidiendo su dimisión por su política de Covid-0, la oleada de infecciones y el incremento de fallecimientos que arrasan el país, los malos resultados económicos o el declive poblacional con sus implicaciones a largo plazo. Un panorama, en definitiva, que explica que el nuevo timonel chino decidiera dejar de sacar pecho ante Occidente, frustrado por los estragos que el coronavirus está causando en China.

La realidad es que, si bien el conejo es un animal que transmite simpatía y dulzura, a China le espera un año complicado. Según los astrólogos, estará bajo su influencia, pero en la práctica estará dominado por el covid. La batalla por doblegar el coronavirus y sus efectos marcarán la agenda interna del gobierno chino y sus efectos se percibirán, si duda, a nivel internacional.

Por el momento, las autoridades sanitarias se enfrentan a lo que algunos de ellos califican de “tsunami” de infecciones por el coronavirus. Un comentario que responde a los efectos derivados de la decisión repentina y sin previo aviso de eliminar la rígida política de Covid-0 y sus controles, en respuesta a las protestas callejeras reclamando el fin de dichas medidas. Una iniciativa que ha dado paso al miedo y a la ansiedad entre los chinos, ante la escasez de medicamentos y recursos hospitalarios de un sistema sanitario al límite, para afrontar la nueva situación. Una inquietud agravada por el hecho de que el 30% de chinos mayores de 60 años no han recibido ninguna dosis de refuerzo, un porcentaje que alcanza el 60% entre los mayores de 80 años, lo que les convierte en potenciales víctimas del coronavirus. Todo ello en el “chun yun”, el periodo de viaje de 40 días en que cientos de millones de chinos se trasladan a sus lugares de origen para pasar las festividades del año nuevo lunar con sus familias, una coyuntura propicia para que se expanda el covid.

Una suma de factores que conduce a los epidemiólogos a temer una espiral de infecciones y fallecimientos entre la población china de edad más avanzada. Un panorama propiciado, además de por los bajos porcentajes de vacunación, por unas instalaciones hospitalarias precarias en muchas zonas rurales del país. Hasta ahora, Pekín ha anunciado que entre el 8 de diciembre y el 12 de enero contabilizó 60.000 muertes relacionadas con el covid y que el pico de infecciones se alcanzará dentro de dos o tres meses. Unas previsiones que impulsan a los epidemiólogos a auguran elevadas cifras luctuosas de hasta un millón de muertes, si las autoridades chinas optan por la transparencia informativa.

No obstante, el repentino cambio de política anti covid por parte de Pekín no se explica sólo como respuesta a las protestas callejeras. Se trata de un giro que, aunque no se ha declarado oficialmente, explicaría el reconocimiento por parte de Xi Jinping de que el impacto económico de su estricta política de covid-0 era insostenible. La actividad económica se desmoronó durante 2022, millones de pequeñas y medianas empresas cerraron sus puertas, la tasa de desempleo rozó el 6% y el paro juvenil (entre 16 y 24 años) se acercó al 20%, además de que muchas empresas extranjeras abandonaron el país. Una situación que se reflejó en una tasa de crecimiento económico del 3% para el conjunto del año 2022, una cifra muy modesta para lo que son los parámetros del gigante económico y muy alejada del 5,5% previsto por el gobierno chino.

Una situación provocada por la estricta política de covid-0 que no ha hecho más que socavar la reputación de previsibilidad y eficiencia del gigante asiático. Ahora, el reto para el gobierno chino será como restaurar esa confianza perdida, porque lo que está en juego es la prosperidad económica y la mejora del nivel de vida de la sociedad china. Unos objetivos en los que el partido comunista ha basado su legitimidad para gobernar y esto está ahora en juego.

La respuesta a estos desafíos no es fácil. El gobierno chino se halla en plena fase de transición, tras la renovación de cargos adoptada por el congreso del partido comunista chino en octubre pasado. Una etapa que no concluirá hasta que la reunión anual de la Asamblea Nacional (Parlamento chino), que se celebrará en marzo, ratifique el nombramiento de Li Qiang como nuevo primer ministro, en substitución de Li Keqiang, y abra así la puerta al cambio de altos funcionarios en el gobierno chino. Y será en esa sesión parlamentaria donde se deberán adoptar las nuevas estrategias políticas para combatir y convivir con el covid, así como aprobar los nuevos planes para relanzar la economía del gigante asiático. Unas medidas que se adivinan imprescindibles para recuperar la confianza de los chinos y que el país regrese a la normalidad.

En este sentido, la mayoría de economistas e investigadores chinos señalan que China deberá apuntar a una tasa de crecimiento económico para este año de al menos el 5% para controlar el desempleo, mantener la estabilidad social y restaurar la confianza del mercado, así como asegurar la cadena de suministros global. Un objetivo que deberá ir acompañado de la voluntad explicita de los nuevos líderes chinos de priorizar el consumo para respaldar la demanda interna y la economía en general, en una época en que los exportadores locales están luchando con los riesgos de una recesión mundial que podría afectar especialmente a la recuperación de la economía del gigante asiático.

Y es que el retorno del protagonismo chino a las esferas del comercio internacional se adivina imprescindible para recobrar la estabilidad económica internacional y garantizar las cadenas de suministros global. Unos factores imprescindibles en tiempos de amenaza de recesión mundial.

En ese sentido, un fracaso de Xi Jinping en su empeño por reactivar la economía del gigante asiático no sólo afectaría a la marcha del gigante asiático, sino que podría incluso llegar a amenazar algunos de sus objetivos más ambiciosos, como es su visión del desarrollo para que China se convierta en primera potencia mundial en el 2035 y supere a Estados Unidos.

No obstante, a día de hoy, Xi deberá contentarse con impulsar nuevos planes y estrategias que permitan al gigante asiático reactivar todo su potencial y mantener así su pulso geopolítico y económico con Estados Unidos y recuperar el diálogo comercial y político con Europa. Unos objetivos para los cuales necesitará aplicar toda la astucia y la inteligencia de un conejo allí donde la fuerza y la agresividad del tigre fracasaron el año pasado. La credibilidad de Xi Jinping como estadista y la estabilidad del comercio internacional están en juego. Poca broma.

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