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Javier muriel

ENTRE EL SOL Y LA SAL

Javier Muriel

Es que lo han dicho en la tele

Los medios prefieren hacernos creer que la opinión está a la altura del conocimiento, pero nada más lejos de la realidad

Albert Einstein saca la lengua, en una de las imágenes más famosas e irreverentes del físico alemán. Una foto tomada en 1951, tras su 72º cumpleaños. Le acompañaban Frank Aydelotte, director del Instituto de Estudios Avanzados de EE.UU (donde Einstein trabajaba) y la esposa del director, Marie Jeanette United Press International

Hubo un tiempo en el que jugueteé con el columnismo, y lo que empezó como una broma sobrevivió algo más de cinco años. Fue una experiencia maravillosa, más que gratificante, pero en ese tiempo llegué a apasionarme tanto con el decoro y el compromiso que caí en la floritura y el proselitismo. No fui consciente de ello hasta que empecé a malcreer que mis textos influían en la vida de los lectores, hasta el ridículo de preguntarme cómo podía nadie arrancar su lunes sin la disciplinada obligación de conocer mi genial opinión sobre tal o cual tema. El desenfado y la ironía que solían guiar mis teclas, que me singularizaban, dieron paso a una seriedad y tremendismo que me hundieron en la vulgaridad. Mordacidad, morituri te salutant. De ahí a la amargura solo hubo un párrafo. Suspendí mi examen de conciencia, y hace unos años, sin saber bien cómo ni por qué, lo dejé a la francesa.

Ahora me mantengo al margen, soy un espectador más. Los años no me han convencido para retomar la responsabilidad de aparecer en sus ratos de lectura con el respeto que ustedes merecen, pero sí han logrado que identifique a mis iguales en general, y a los tertulianos en particular. Yo, que fui el primero en dejar suicidarse poquito a poco mi pasión por opinar de forma sincera, ahora reconozco nítidamente a decenas de abonados a la nadería que, bajo la bandera de la libertad de expresión, son esclavos de intereses bastardos que guionizan todos y cada uno de sus mensajes. Da igual que usted sea de izquierdas o de derechas, de arriba o abajo, de Clarín o de Campmany, porque la repugnancia es una reacción humana al parloteo simplón de papagayos de uno u otro bando. Día tras día los encuentran en radios y televisiones jugando un rol, dejándose devorar por el personaje, opinando de absolutamente todo sin importar la materia de debate siempre que puedan vomitar el recado establecido. Medicina, derecho, economía, arte, política, deporte o gastronomía. Da lo mismo. Aún estoy esperando el momento en que alguien, con uno me basta, diga en riguroso directo que de ese tema no opina porque no lo domina. Yo es que de eso no entiendo, mire usted.

Los medios prefieren hacernos creer que la opinión está a la altura del conocimiento, pero nada más lejos de la realidad. Imaginen, botón de muestra, una tertulia de física entre Einstein y cualquier asiduo charlatán. Si el parlanchín en cuestión tuviera un mínimo de dignidad guardaría silencio y aprendería, como todos, del experto monólogo de su adversario. Pero eso no ocurrirá, no vende. Hace falta ruido, por desgracia cada vez más, para que la mediocridad asfixie a la sabiduría. Qué usted o yo concluyamos una idea equivocada del asunto es lo de menos. Habrán alimentado nuestro sesgo y daremos gracias, empachados de anuncios, porque la marioneta de un ventrílocuo ha bordado el triste espectáculo de desafiar con mofas, aspavientos y algún que otro insulto, al padre de la teoría de la relatividad. Luego queda sentarse a comprobar que la abducida mayoría repetirá el esperpento bajo un imbatible pretexto de lo más científico: es que lo han dicho en la tele.

Y no confundan mi discurso, pues todos tenemos derecho a decir lo que queramos. Lo que no podemos imponer es que se nos tome en serio. Tampoco resulta aceptable mancillar el privilegio de un auditorio para mentir de forma deliberada, cobrar por divulgar ponzoña y tirar la ética al cajón de los juguetes rotos. No se lo perdonamos a los políticos, por qué habrían de tener bula los tertulianos.

Ya nos dejó dicho Copérnico allá por 1520 que para saber lo que sabemos, y saber lo que no sabemos, hay que tener cierto conocimiento. Esta es ¡toma receta! la única vacuna para distinguir al erudito del mentecato. Hace falta un mínimo de formación para nutrir al espíritu crítico que jamás debimos perder como perdimos al niño que una vez fuimos y a toda respuesta contratacaba incansable con otro por qué. Es imperante que cada uno se empape de cultura y salpique brillantez e independencia; solo así, argumentando desde la razón, uno tras otro, con la eterna cadencia de las olas de Vicent, horadaremos el estruendo de la estupidez, el eco de los coros. Incluso puede que el alboroto insoportable se diluya y nos permita atender a lo esencial y reconocer la certeza. Quién sabe. Por poder, puede que por fin oigamos algo más que a nosotros mismos, y aprendamos algo.

"Se borraron las pisadas, se borraron los latidos. Y con tanto ruido, no se oyó el ruido del mar", Joaquín Sabina.

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