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Tribuna

Juan Alberto Belloch

Exalcalde de Zaragoza y exministro de Justicia e Interior

Memorias a la fuga

Según el contrato firmado con la Editorial Penguin Random House, a finales de este mes, debo entregar el manuscrito que pretende dar a conocer los rasgos más significativos de mi personalidad y mis trabajos en los campos de la justicia y de la política. No es una biografía propiamente dicha, sino que, con más humildad, solo puede hablarse de «memorias», trazos de mi vida que he considerado significativos. Para que salga a la luz, falta aún un largo proceso durante el cual, la editora puede realizar observaciones y comentarios, sumamente útiles para hacer más legible el texto original.

No alcanzo a saber, entretanto, que es lo que pretendo con la elección de ciertos fragmentos de mi vida y con la omisión de otros que, posiblemente, fueran objetivamente más reveladores de mi personalidad y de mis hechos. No pretendo, al menos conscientemente, engañar al eventual lector de estas páginas con una descripción edulcorada y ficticia de mi trayectoria. De hecho, me reconozco en la mayor parte de lo escrito. Y lo que es más preciso: todo lo plasmado en el libro, o bien es cierto o bien es una omisión involuntaria que estoy dispuesto a salvar en cuanto pueda o tenga la ocasión de hacerlo. Un lector no avisado puede llegar a conclusiones distintas de las que se reflejan literalmente en el texto, quizás porque se ha omitido lo principal al dar por supuesto datos o elementos que, sin embargo, habría que haber introducido en el relato, aunque ello fuera reiterativo.

Una de las muchas trampas en las que tropiezan los libros de memorias, es que no es posible detenerse a explicar a todos y cada uno de los lectores el porqué de sus errores y aciertos a la hora de interpretar el verdadero alcance de lo narrado. En teoría, el escribidor solo pretende que se le haga justicia, aunque, en realidad, bastaría con que su familia y amigos le absolvieran de sus muchos pecados.

En este invierno de mi vida, superados los setenta años, y no siendo ya competitivo en todas las cosas importantes, debería ser más sencillo comunicarme con el resto de los mortales y, sobre todo, debería ser consciente de que, bajo la lluvia de enero, el último tren aún me espera. Es cierto que una de mis características más evidentes, y que espero dure mientras viva, es complicarme la existencia con toda clase de proyectos de futuro, realizables o no, poco me importa. Ello ha determinado que haya hecho muchas cosas, tantas, que la ley de probabilidades me permite pensar que es improbable que todas las haya hecho mal o, simplemente, que no las haya hecho en absoluto.

Ante la cercanía de su publicación, quiero dejar constancia que estoy viviendo sensaciones contradictorias. La primera tiene una estructura de pesadilla. Tengo que examinarme de una última asignatura de cuyo resultado depende mi vida y mi suerte. La segunda sensación la vivo ya despierto. Siento que ya he renunciado al proyecto de las memorias y que sólo me resta la preocupación sobre cómo puedo comunicar mi decisión a la editorial que ha sido tan amable conmigo. La tercera, fracasadas las precedentes, mis esperanzas se centran en que la presentación del libro sea estrictamente clandestina, suprimiendo toda clase de presentaciones y de entrevistas en medios de comunicación. Tal ensoñación se quedará en eso, la vaga esperanza de que la editora acepte tal planteamiento, o, más bien al contrario, que acuda a la desagradable vía del incumplimiento del contrato y la consiguiente indemnización de daños y perjuicios.

La última baza en la que navegaba mi esperanza era la «baza» Soriano. Mi propuesta sería que me sustituyera en toda clase de actos de promoción. Esta eventual propuesta chocaría no ya con la Editorial, por cuanto es obvio que Mari Cruz lo haría mucho mejor que yo, sino en el más difícil consentimiento de ella. Seguro que, si le pidiese semejante favor, estaría presta a inventar diez falsos motivos que justificasen su negativa. La oferta, en todo caso, queda sobre la mesa.

La conclusión es que estoy «solo ante el peligro». Entretanto, las fechas se aceleran a una velocidad inaudita. La lista de agradecimientos está cerrada, los presentadores están ya comprometidos y pronto el libro estará impreso. Sólo falta que comparezcan la novia y los invitados. Irse ahora, en efecto, del proyecto, sería algo similar a la conducta de la novia que en el momento de dar el sí, prefiere abandonar la iglesia, el ayuntamiento o el juzgado, huyendo del sacrificio de su libertad.

No quiero pensar en las reacciones, no sólo del novio, sino también de toda la comparsa. La mayor o menor violencia de tales reacciones serían aleatorias pero en todo caso, genuinamente desagradables. Especialmente agresivas son en estos casos, las de los familiares políticos del novio, algo así como el editor jefe y su amable editora ejecutiva al verse defraudadas sus expectativas y, sobre todo herido su orgullo editorial. Y todo por culpa de la novia desaparecida.

La prudencia aconseja, por todo ello, no hacer experimentos con el delicado mundo editorial. Quiero garantizarles que presentaré mi libro y que lo haré, naturalmente, en las fechas y condiciones que exija el editor. Sin sorpresas de última hora. Y que sea lo que Dios quiera.

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