360 grados

Ucrania es hoy sólo un peón en el tablero geopolítico

Soldados ucranianos posan en un tanque T-80 en una ubicación sin determinar, en el este de Ucrania. /

Soldados ucranianos posan en un tanque T-80 en una ubicación sin determinar, en el este de Ucrania. / / AFP

Joaquín Rábago

Joaquín Rábago

Se presenta siempre en Occidente a la guerra de Ucrania como un combate entre democracia europea y autocracia asiática y no se repara en las muchas contradicciones.

Se califica al presidente ruso, Vladimir Putin, de dictador y de loco, de nuevo Hitler, por lo que no tiene sentido negociar con él. Se dice que si no se le para ahora, toda Europa estará amenazada.

Al mismo tiempo se califica a su Ejército de incompetente, incapaz incluso de tomar Kiev, o se señala que ese inmenso país está a punto de agotar su capacidad armamentista y ha de pedir ayuda a China o Irán.

Se presenta al mismo tiempo al país de Volodímir Zelenski como una nación homogénea, ignorando su heterogeneidad lingüística, religiosa y cultural y su accidentada historia entre dos mundos.

Como explica el italiano Marco Pondrelli en su excelente libro Ucrania, entre Rusia y la OTAN (1), para un sector de la historiografía ucraniana, el principado de Galitzia-Volinia representa el primer acto fundacional del Estado ucraniano, en el que hunde sus raíces la actual nación.

Pero Ucrania no nació entonces una identidad definida y clara con la aceptación de la cultura europea y cristiana frente a la eslava cristiano-ortodoxa, sino que habría que hablar más bien de dos tradiciones culturales que se han mostrado hasta ahora incapaces de coexistir.

En la Primera Guerra Mundial, el pueblo ucraniano estuvo profundamente dividido: así una parte combatió a favor del imperio austrohúngaro mientras que otra apoyó a la Rusia revolucionaria.

La guerra que se libró entonces en suelo ucraniano no fue entre Rusia y Ucrania: se trató más bien de una guerra interna entre un sector nacionalista claramente antirruso que apoyaba al Ejército blanco y otra que luchaba a favor de los ideales revolucionarios de los bolcheviques.

Y si hoy la narrativa oficial trata también de presentar al héroe

nacional Stepan Bandera como un luchador frente a los dos totalitarismos del siglo XX – el comunismo y el fascismo-, se olvida demasiado fácilmente la participación de su Organización de Nacionalistas Ucraniana junto a las SS en varios pogromos.

Como también se olvida que cuando en 1991 se celebró un referéndum sobre la continuidad de la URSS un referéndum en forma de federación de repúblicas soberanas, un 83,5 por ciento de los ucranianos se declararon a favor.

O que el presidente de EEUU George H.W. Bush advirtió entonces del peligro de «un nacionalismo suicida» y dijo que su Gobierno no apoyaría a quienes quisieran sustituir «una tiranía lejana por un despotismo local».

Sin embargo, tras la tentativa de golpe de Estado en la URSS de agosto de 1991, el Parlamento ucraniano se declaró a favor de la independencia, que el propio Bush, cambiando de opinión, apoyó entonces.

Fundar un Estado es siempre una tarea compleja, y mucho más en el caso de Ucrania, un país puente por el lugar geográfico que ocupa entre Oriente y Occidente y que ha sido secularmente además objeto de deseo de sus vecinos polacos, húngaros o rumanos.

No conviene tampoco olvidar la mención que hace de Ucrania Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente Carter, para quien Ucrania era sólo un ‘peón’ en el gran tablero geopolítico, privado del cual Rusia dejaría de ser un «imperio euroasiático».

Una solución europea a la crisis de Ucrania podrían haber sido los acuerdos de Minsk, que proponían una reforma en clave federal del Estado, autogobierno y elecciones locales en el Donbas rebelde y rusófono.

Pero, como señala Pondrelli, ni Francia ni Alemania, que los habían negociado, ahora se dice que de mala fe, tuvieron la fuerza o la voluntad de imponerse a un Washington decidido a meter a Ucrania en la órbita occidental para debilitar a Rusia.

Esa impotencia del eje franco-alemán demuestra que Europa no ha logrado construir su propia autonomía y que se ha establecido una nueva dinámica interna en la OTAN en la que el Reino Unido, que ya no está en la UE, y el bloque más rusófobo – Polonia y los bálticos- determinan, junto a Washington, la política de defensa del continente.

(1) «Ucrania, tra Russia e Nato». Anteo Edizioni

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