Lo olvidamos todo, de golpe o poco a poco, con esfuerzo o sin darnos ni cuenta, lo bueno y lo malo, se transforma en nuestras cabezas con el tiempo en otra cosa a veces peor, otras mejor, algunas ni eso importa y ni se valora, pero el tiempo no para ni en el recuerdo y va removiendo la memoria deformando y reformulando los recuerdos con sus manos de alquimista. Recordamos con fidelidad datos, imágenes, sensaciones y escenas, que sin embargo nos cuentan siempre historias distintas y esas mismas historias alteran esos datos en cada versión, y las imágenes y sensaciones y el recuerdo fiel se trastoca y se adapta como algo vivo. Y aquel momento amargo ya no es tan mal trago, y esos días maravillosos paseando por alguna ciudad desconocida de la mano de alguien que no reconoceríamos hoy viven ya escorados en la memoria y apenas se nos despiertan de vez en cuando en algún sueño o durante la duermevela, como fantasmas sin alma, con su fiebre y su abrazo distante, con su calor o escalofrío.

Queda todo atrás, como si fuera de otros, las experiencias de la infancia, los recuerdos de bebés de nuestros hijos, el olor inconfundible de alguien que se nos ha ido, el trabajo que nos cambió el camino, ilusiones, amistades y perspectivas. Al cabo del tiempo ya nada es lo mismo, o no se recuerda igual o todo es olvido.

Y todo lo que pasa hoy, con su importancia y su cadencia, con sus titulares y su impaciencia, con sus luces de colores o de primavera, terminará por perder su valor, o adquirir uno nuevo, o pasará el testigo de su significado a cualquier otra cosa, la siguiente, la actual, la vigente en ese momento, porque lo importante es sólo lo que ocurre ahora a toda prisa, aunque enseguida no lo sea. Y en eso pienso mientras hojeo el periódico.