MIRANDO AL ABISMO

La estabilidad de las cosas

El tiempo.

El tiempo. / Estefano Burmistrov en Pixabay.

María Gaitán

María Gaitán

En esas ocasiones en las que sólo veo caos a mi alrededor y nada sale como quiero y los planes se me desarman y la realidad me parece un escollo insalvable, envidio la estabilidad de las cosas. Las personas estamos sometidas a los volubles cambios de nuestras emociones, al azar y a la probabilidad estadística. Creemos vanamente que tenemos el control de nuestra vida, de los acontecimientos que nos ocurren e incluso de lo que está por pasarnos. No es verdad, la vida es una pura casualidad descoordinada que ocurre a su propio tiempo y a su propia forma.

Mi necesidad de conocer y controlar el cómo y el porqué de todo hace que me pongan nerviosa los cambios que no tenía previstos. Cuando algo cambia en mi entrono o en mi vida sin mi permiso expreso la vida se me pone boca abajo y, aunque soy un gato, no sé cómo caer de pie.

Las cosas, por otro lado, son estables. No cambian, ni ellas ni el mundo que las rodea hasta que se deterioran y se rompen. La vida de las cosas está marcada por una constante que las vuelve casi inalterables al cambio. Para las cosas no hay sobresaltos ni situaciones inesperadas, ni miedo, ni ansiedad, ni desesperación, ni tiempo. El tiempo, o la ausencia de él, es cosa de humanos.

Me gustan mis cosas y su capacidad para devolverme la calma cuando todo falla. Me gusta el caos ordenado que es mi habitación, el orden exacto en el que están colocados los peluches y los libros, el sitio donde guardo mis gomillas. Me gusta saber que el pequeño reloj del abuelo me espera en su rincón inalterable, marcando el compás de un tiempo del que no forma parte. Las cosas viven una vida sencilla, fácil, sin complicaciones. Pasan su existencia haciendo más confortable la vida a aquellos que las poseen.

No les damos el suficiente crédito por sus esfuerzos. Las cosas son a menudo obviadas, dadas por sentado o reemplazadas por otras cosas nuevas y más brillantes. Tendemos a pasar por alto ese encanto especial que tienen esas cosas antiguas que llevan con nosotros mucho tiempo y son capaces de devolvernos a ese momento de nuestra niñez que creíamos haber perdido para siempre, el poder para hacernos conciliar el sueño que tiene ese animal de peluche que nos acompaña desde que tenemos memoria o cómo el café sabe mejor en esa taza, nuestra favorita.

Las cosas nos acompañan y nos esperan sin quejarse, sin abandonar nunca el uso para el que fueron creadas. Las cosas son mucho más que objetos con una forma, un tamaño y un color determinados. Las cosas son un universo propio dentro del despropósito que es la realidad humana.

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