Crónica política

Sequía asfixiante y lluvia ácida de palabras

Manuel Campo Vidal

Manuel Campo Vidal

Si al watsappp te envían imágenes insólitas de tu pueblo con tímida lluvia y además sabes que el obispo de Solsona (Lleida) ha presidido una procesión con rogativas a la Virgen para que traiga el agua, es que la cosa está peor aún que las previsiones meteorológicas. Las imágenes de los pantanos secos son deprimentes y auguran un verano de incendios devastadores. Los políticos se acercan con temor al asunto y los más listos de quienes lo ignoraron, reculan. El parque de Doñana lleva décadas de decadencia, porque ya en 1991 Felipe González encargó al sociólogo Manuel Castells que presidiera una comisión que recomendó cerrar los pozos de agua ilegales. Partido Popular y Vox en el Parlamento andaluz aprobaron hace unos días una ley que supondría un nuevo golpe al acuífero del Parque, quizás definitivo. Moreno Bonilla se aviene ahora a hablar con Bruselas y Madrid para reconsiderarlo. Doñana se muere hace tiempo y nadie quiere pasar a la historia como su enterrador.

Sequía asfixiante con riesgo añadido de lluvia ácida de palabras en plena campaña electoral. Miren a la izquierda: Yolanda Díaz pregona la unidad pero desliza en TV opiniones que Pablo Iglesias, su antiguo mentor, considera en la radio «una ensalada de hostias». Falta de tacto. Irene Montero, la inefable ministra de Igualdad, declara que «el PP ha humillado al PSOE al apoyarle en las correcciones a la Ley del ‘Solo Sí es Sí’. ‘Humillación’ como tal -palabra tipo puñal- solo la han sufrido las violadas. Y por dos veces: en el abominable acto en sí mismo y, después, con la excarcelación de los agresores, o su reducción de condena, gracias a las goteras de la ley que la ministra se niega a corregir. El PP se ha limitado con inteligencia a aprovechar la ocasión para recordar que, cuando se lo propone, sabe ser ‘partido de estado’.

Acidez en el intercambio de palabras en el ministro de Presidencia, Félix Bolaños, y el expresident Carles Puigdemont: «No sé dónde tiene la cabeza; debería volver a España y someterse a la Justicia». Enfurecido, Puigdemont responde al ministro desde Bruselas que él ha tenido suerte porque «a otros, los de su partido los secuestraron, torturaron y enterraron en cal viva», en alusión al terrorismo anti etarra de los GAL.

Sin tanta estridencia, la campaña se va llenando de palabras y frases que definen el pulso verbal de una batalla política que será definida por la batalla comunicativa. Pedro Sánchez habla de «empecinamiento» ajeno, que igual aplica al PP, con el que empata en las encuestas privadas (y supera en las del CIS) como le sirve para referirse, sin citarlas, a sus socias de gobierno que no dan brazo a torcer. «El fenómeno de Pedro Sánchez merece ser estudiado por su fuerza para recuperarse partiendo incluso de cero, como cuando fue expulsado de la secretaría general y terminó en la Presidencia del país», comenta Lara Méndez, alcaldesa de Lugo. Su oposición teme esa incansable actividad que espolea a los suyos. Faltan cinco semanas.

Entretanto, las presentaciones de candidatos se van llenando de promesas, algunas supuestamente en fuera de juego. Por ejemplo, en Ponferrada (León) donde el candidato popular promete que acabará con la zona de bajas emisiones en el centro creada por el actual alcalde. Recuerda al edil de Madrid, Martínez Almeida, que llegó arrasando con la zona centro de circulación limitada y tuvo que rectificar después. Son palabras que ignoran que la Unión Europea existe y, por fortuna, obliga. Solo Vox combate a Europa.

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