La Opinión de Málaga

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Jordi Cánovas

MÁLAGA DE UN VISTAZO

Jordi Cánovas

Perdón, no lo siento

Para pedir perdón hay que sentirlo. Perdón no es el primer paso, sino el último. Primero tienes que reflexionar sobre lo que dijiste o hiciste, darte cuenta de que no fue apropiado ni correcto, valorar las consecuencias, el daño que produjiste ya sea físico, psicológico, moral o de oportunidad y luego tratar de entender por qué obraste de tal manera y qué deberías haber hecho en su lugar, o qué haber evitado, finalmente tienes que sentirte capaz de no volver a hacerlo igual, tienes que estar seguro de que de darse la misma situación tratarías de evitar el mismo comportamiento, porque estás convencido de que fue un error y estuvo mal hecho y de que ahora lo quieres y puedes evitar y además sabes cómo hacerlo. Sin todo eso, un perdón no es más que una palabra vacía que no pretende reparar nada sino la imagen de uno mismo, un gesto en el aire que se lleva el viento. Un perdón de cara a la galería, donde no hay arrepentimiento, ni aprendizaje, tan solo es decir lo que se piensa que los demás quieren escuchar. Pero nadie quiere escuchar el perdón de otro que no lo siente, porque no se espera que con palabras se borre lo que ha pasado, sino más bien lo que se quiere es que no vuelva a pasar lo que fuera que nos hicieron. El perdón no es, por tanto, una forma de borrar lo que se hizo, sino una manera de comprometerse con lo que va a suceder a partir de ahora. Uno espera de quien pide perdón que no deba pedirlo por lo mismo nunca más.

Sin embargo, hay gente que utiliza las disculpas para poner el contador a cero, para poder equivocarse de nuevo sin precedentes, para poder volverlo a hacer mal mañana. Porque hay quien piensa que pedir perdón es pedir olvido. Como si eso fuera posible.

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