TRIBUNA

La inteligencia conservadora

La cultura clásica ha mostrado siempre un sesgo conservador. No se trata de un acervo petrificado en el pasado, sino de una amalgama de pasado y futuro, de tradición y dinamismo.

Daniel Capó

Daniel Capó

Si hacemos caso a esta famosa definición de conservadurismo del filósofo inglés Michael Oakeshott: «Ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…», se diría que la sensibilidad conservadora tiene más que ver con la memoria que con la Historia. Por supuesto que no se trata de cualquier tipo de memoria. Para Oakeshott, el conservadurismo se entiende como un espacio ideológicamente neutral, más bien escéptico, que duda por sistema de cualquier utopía. La memoria que anhela preservar es el depósito del bien acumulado, el saber atesorado a lo largo de la historia. Por ello, ama la patria por encima de la nación, las tradiciones por encima de las novedades gratuitas; pero no convierte el pasado en un ídolo ni cree que se deba retrasar el reloj de la historia. Si para el historiador John Lukacs reaccionario es aquel que no se resigna ante una realidad irritante –y esto lo acerca evidentemente al revolucionario–, el conservador se aferra a las costumbres y a los hábitos imperfectos antes que a un edenismo de tabula rasa. En este sentido, el conservador no es un hombre de combate; todo lo contrario del integrista, el reaccionario, el marxista o el nacionalista. La ideología construye las emociones: esta es una realidad que supo ver muy bien Oakeshott.

Para este discípulo inglés de Montaigne, más que una serie de conocimientos o un conjunto de dogmas preestablecidos, lo más característico del conservadurismo sería su idea de filiación. Un hombre, por nacimiento, por cultura, por sensibilidad, se integra en una tradición determinada y mantiene una relación sana con este vínculo. Al igual que de Abrahán en el Génesis, (“camina delante de mí y sé perfecto”, le encomendó Yahvé), de un hijo no se espera una obediencia ciega, sino independencia de criterio y respeto filial, coraje y prudencia. Aquí prima una noción de la elegancia que casa con la nobleza del fruto. Porque nos reconocemos imperfectos y falibles, debemos humanizarnos en la confianza compartida con los demás y en el reconocimiento humilde de nuestras limitaciones. Un hombre responsable es precisamente aquel que admite sus errores y se propone enmendarlos en un futuro.

La cultura clásica, en esencia, ha mostrado siempre un sesgo conservador. No se trata de un acervo petrificado en el pasado, sino de una amalgama de pasado y futuro, de tradición y dinamismo. El mejor ejemplo lo encontramos en la literatura homérica, fiel reflejo de esta tensión. Empujado por los vientos y por la férrea voluntad de los dioses, Ulises se enfrenta a un destino incierto, anhelando siempre el retorno a su hogar en la isla de Ítaca. Pudo construir un nuevo reino o incluso emparentar con los inmortales, pero es su patria lo que desea. La Eneida de Virgilio nos ofrece una curiosa variante, ya que el héroe lleva con él su ciudad –Troya– hasta la costa del Lacio, en donde fundará un nuevo imperio. En ambos casos, los héroes se transforman durante sus respectivos periplos. Así sucede en la cultura y así debería suceder también en la política. Borrar el pasado empobrece nuestra comprensión del presente, tanto como eliminar la memoria del bien común para fijarse exclusivamente en la una memoria del mal. El escepticismo inteligente de Montaigne y de Oakeshott nos enseña a desconfiar de cualquier exceso para así poder agradecer lo recibido y mirar con confianza hacia el futuro.

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