Tribuna

Orgullo de colegio pijo

Miqui Otero

Dime con quién andabas a los 12 años al salir de clase y te diré quién eres. No me enseñes tus últimas fotografías de Instagram, sino tu orla escolar. Me gustaría saber cómo era la nevera en casa de tus padres y qué marca de galletas desayunabas. Todo esto, en realidad, me interesa si estás gestionando dinero público.

En unas semanas se publicará Amigocracia. Cómo una pequeña casta de ‘tories’ de Oxford se apoderó de Reino Unido (Capitán Swing). El autor, Simon Kuper, cuenta que no se puede entender el Brexit, o la respuesta a las últimas crisis, sin mirar a Oxford entre 1983 y 1988.

Primero una fotografía: en el anuario de 1983 encontramos a Boris Johnson, vestido con dos bufandas y una ametralladora, que escribe: «Prometo más tiros en mi falo falocrático». Y ahora unos datos, servidos fríos, como los canapés de las fiestas de Downing Street en pandemia. De los 17 primeros ministros desde 1940, 13 han ido a esa universidad. Y desde 2010, hasta cinco gobiernos han sido liderados por tories que estudiaron allí. Allí, en, cito a Javier Marías: «una de las ciudades del mundo en la que menos se trabaja, y donde resulta mucho más decisivo el hecho de estar que el de hacer o incluso actuar».

Sus profesores, permanentemente cocidos de jerez, que eran consejeros de Thatcher. Esos niños de la élite (especialmente los de Eton) que estudiaban una carrera ligerita de tres años donde les impartían nociones vagas de filosofía, política y economía. La Oxford Union, una especie de versión para niños de la Cámara de los Comunes. Un lugar donde desde la entrevista de ingreso (les podían preguntar tontadas como: ¿No te parece que la plaza San Marcos de Venecia parece una sucursal del Barclay’s?) se les animaba a desarrollar una marca personal que maquillara sus privilegios con encanto y una retórica que les permitiera hablar (con humor inglés y sin demasiado rigor) sobre cualquier tema del que no tuvieran pajolera idea.

Sin eso, no se entiende que Jacob Rees-Mogg, ese que se estiraba como en el sofá de casa en el Parlamento, dijera que los diputados tories no tenían que llevar mascarilla porque se conocían desde niños. O que Boris Johnson celebrara unas seis fiestas cuando su población estaba confinada. O que luzca esos pelos (lo excéntrico es marca de clase) o que ante todos los empresarios ingleses perdiera el hilo y se pusiera a perorar sobre Peppa Pig: «¿Quién hubiera pensado que un cerdo con forma de secador de pelo estilo Picasso estaría ahora triunfando en 180 países?».

En definitiva, el desparpajo que da el dinero, el de verdad, el que se tiene y no se hace, del que no se habla. El mismo que permite meterse en cruzadas como el Brexit, a pesar de la realidad material y en base a la ficción del pasado imperial de su clase social.

Animo a los editores a encargar un ensayo equivalente, aquí centrado en colegios. En Catalunya, podría ser sobre Aula, donde tanto va un presidente del Barça negado, como el de la Generalitat con el que arrancó el ‘procés’, como los hijos del Banc Sabadell o del Grupo Planeta. O en España sobre el colegio del Pilar, donde han ido hasta cuatro ministros de educación. Con Solana, Rubalcaba y Wert, con Ansón y Cebrián, con Aznar hablando en el pupitre con Villalonga, antes de ponerle en bandeja Telefónica.

Los imagino saludándose con taimados gestos masones (estrechando su mano y pulsando el nudillo del pulgar) y riendo. Todo lo que no reiríamos nosotros si recordáramos que el mundo es una merienda de los de siempre. 

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