Tribuna

La UE y su creciente irrelevancia

Ruth Ferrero-Turrión

Recientemente, la ciudadanía europea ha observado atónita cómo algunos dirigentes europeos respondían a las matanzas que de un lado y otro se han visto en Israel y en Gaza y que han dado lugar a una imagen de desunión y ausencia de política exterior unificada. Esto no sería nada nuevo, salvo porque en esta ocasión no han sido los Estados miembros, sino la Comisión, la institución encargada de velar por el interés general de la Unión Europea, la que ha roto todas las normas. Ursula Von der Leyen junto con la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, han protagonizado una fotografía en compañía de Netanyahu que no contaba con el mandato de los líderes europeos, quebrando, de este modo, el principio esencial de cooperación leal entre las instituciones que conforman el ecosistema comunitario.

Y esto quizás no hubiera tenido tal trascendencia si, por un lado, todos los Estados miembros de la Unión Europea hubieran estado de acuerdo en la posición y, por otro, si Von der Leyen hubiera sido coherente y no hubiese aplicado dobles estándares en política exterior, utilizando expresiones diferentes para referirse a una misma cuestión según esta fuera Ucrania o Gaza. En lo referente a los cortes de electricidad, alimentos, combustible y agua, a los ojos de la presidenta de la Comisión Europea, no es lo mismo ser un ciudadano ucraniano, o israelí, que un palestino. Según Von der Leyen, lo más relevante de toda esta situación es el derecho a la legítima defensa del Estado de Israel, en este caso la protección de la población civil, así como el cumplimiento del derecho internacional y el derecho internacional humanitario no tienen relevancia.

Sin duda, ha habido extralimitación de capacidades durante esta crisis, como también lo ha habido en la respuesta a la invasión rusa de Ucrania, donde Von der Leyen ha asumido un papel en política exterior que no le correspondía. De ella han salido ideas brillantes como la oferta de incorporación de Ucrania y Moldavia a la Unión Europea, y otras que han quedado reflejadas en los distintos paquetes de sanciones aprobados finalmente por los Estados miembros. Todas estas originales ideas son con las que hay que lidiar en este momento de cara al futuro de la Unión Europea. Pero si en el caso ucraniano prácticamente la unanimidad y el posicionamiento único han prevalecido, no es el caso para este conflicto enquistado desde hace años, que contiene múltiples aristas y en donde las posiciones de los Estados nunca han conseguido homogeneizarse.

Los errores políticos cometidos por Von der Leyen muestran la profunda división existente en el seno del marco europeo, no solo entre los Estados miembros, también por algunas pulsiones de algunos que quieren concentrar parte de protagonismo en su acción política, que han dejado al descubierto rencillas personales y ambiciones políticas en un momento especialmente sensible en el ámbito internacional y que, desde luego, han dañado de manera considerable la imagen reputacional de la Unión Europea en Oriente Medio.

Y mientras todo esto sucede, la Unión Europea, que dio una respuesta sin fisuras a los asesinatos cometidos por los terroristas de Hamás, continúa sin dar una respuesta contundente a las vulneraciones del derecho internacional humanitario en Gaza. Curioso que ninguno de los puntos del orden día del Consejo extraordinario de la Unión Europea haga referencia a las relaciones que desde las democracias europeas se deben mantener con un Gobierno ultra como el israelí, que lleva ya tiempo demostrando que no otorga ningún valor a esas democracias y a los Estados de derecho que las sustentan. O que, por ejemplo, no se esté preparando ya una suerte de plan de mediación para la región liderado por la Unión Europea.

No, desde Europa la preocupación es más bien otra, la contención de las crisis de refugio o de seguridad, es decir, una vez más, su propio ombligo. La irrelevancia de la Unión Europea crece de manera exponencial, pero, mientras tanto, desde Bruselas algunos se seguirán preguntando ¿cómo es posible que no escuchen nuestros mensajes en África, América Latina o, en este caso, Oriente Medio?

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