725 PALABRAS

Después

Juan Antonio Martín

Juan Antonio Martín

En el tráfago diario, después es un adverbio que explicita el futuro sin definirlo, como dejando que sea el sujeto oyente el que lo amolde a sus mejores entendimientos e intereses. Tan después es reencontrarse en la otra vida, si la hubiere, como hacerlo en la mismísima barra del bar después de haber ido a desbeber a solas. Después, a veces, es mantenerse a la espera de una mañana que nunca amanece, de una tarde otoñal pensada en verano, y viceversa, o de una noche de amor que solo existe en la imaginación de dos o más personas que andan sin buscarse, pero sabiendo que andaban para encontrarse, como magistralmente describió Cortázar en su irrepetible Rayuela.

Después es medio kilo de mentira desmedida; un cuarto de verdad inexpresada; un cuarto y mitad de promesa; cien gramos de acierto; media tonelada de esperanza; una pizca de fortunio, que, habida cuenta de los vientos que nos portan, no es poca cosa en estos tiempos convulsos. La pizca de fortunio últimamente ha centuplicado su valor neto en el parqué del planeta, y sigue al alza.

Después es un aprendiz de la antífrasis de nunca, y lo que vaticina nuestra mascota cuando nos recibe moviendo su cola danzarina, y el transcendental momento del cese del llanto de un bebé, y lo que ocurre cuando papá pierde la memoria y deja de reconocernos y, emocionado, confundiéndonos con quien no somos, nos cuenta nuestra propia vida vista desde su sesgada y desvirtuada admiración paternal.

Después es el desiderátum de un aspirante al próximo instante, que no siempre llega; y el llanto sordo de quien se despide de la vida hasta mejor ver, que dijo el ciego; y el estado de excitación del niño mientras hace cola para embarcar en el avión que lo llevará a Disneyland, en Marne-la-Vallée, en las afueras de París.

Después siempre es la hora justa para volver a cualquier sitio, incluso a casa, por Navidad, como todo turrón que se precie de serlo. El turrón en tiempos ajenos a la Navidad es un okupa, un sacrílego, un extemporáneo irredento que no merece clemencia. En Navidad, ¡a por él sin contemplaciones, y que Dios reparta suerte entre los incisivos, caninos, premolares y molares...!

Después es el justo instante en el que comprendemos la sabiduría de aquel maestro temprano que supo abonar nuestros instintos y nuestras constancias para, por ilación, atisbar el mundo plagado de errores y horrores que le son implícitamente propios al ser humano; y el momento en que comprendemos que el viaje entre el apego y el amor, con escala en el enamoramiento, es un viaje por etapas que exige cumplir íntegramente con cada una de ellas sin máscaras, ni suplantaciones, ni disfraces, ni mermas, duela lo que duela.

Después es esa chispita de tiempo en la que descubrimos que el egoísmo no es pecado, sino rabiosa obligación natural, siempre que con nuestro amor y autocompasión para con nosotros no impidamos ni entorpezcamos el egoísmo ni la autocompasión del prójimo para consigo mismo.

Después es cuando recordamos aquella silente voz expresada en latín que nos impulsa a perseguir la sabiduría. Me refiero al sapere aude, que desenterró Kant del pensamiento de Horacio para imbuirnos la disciplina de «atrevernos a saber dando uso a nuestra propia capacidad de razonar».

Después es el nanosegundo de tiempo avizor que justifica la mejorada versión del inteligente caos cósmico en el que se producen las sucesivas tomas de consciencia. ¡Ay la consciencia, ese bien mal repartido que, por momentos, comparece para contradecir al mundo y a todas sus enfrentadas reglas que nos mantienen encarcelados en nuestra particular prisión hecha a medida! Tantas prisiones como individuos, aunque algunas se parezcan.

Después es el Príncipe Azul y Bella, la de la bestia, y el jolgorio de la feria y la paz del conticinio y el ululato de los alisios y la cita más perenne y la extensión del ahora que entrega el testigo al tiempo de cosecha y al máster en vida por aprobar.

Después es el descanso del guerrero y las cincuenta y tres palabras exactas que me quedan hoy por escribir y unos gin-tonics y algún mal rato y algún dolor y muchas risas y muchas manos que echar y mucho que esperar y mucho aprender de la espera y mucho amor que compartir.

–Toc, toc... Soy tu después.

–Pasa está abierto.

Suscríbete para seguir leyendo