360 grados

El poder de Elon Musk y la impotencia de la ONU

Elon Musk.

Elon Musk. / Patrick Pleul/dpa-Zentralbild/PO

Joaquín Rábago

Joaquín Rábago

El empresario surafricano Elon Musk se ha convertido en enemigo del Estado judío por haber puesto su red satelital Starlink a disposición de la sitiada y bombardeada población gazatí.

Musk, que tuvo ya una intervención, aunque en sentido contrario, cuando impidió a los ucranianos utilizar sus satélites para atacar Crimea, justifica su decisión por la necesidad de que las ONG humanitarias estén conectadas con sus equipos in situ.

Con anterioridad, el ministro palestino de Telecomunicaciones había pedido al Gobierno de El Cairo que abriese sus redes de comunicación a la población gazatí para que ésta pudiera recuperar el contacto con el mundo tras el corte de electricidad y comunicaciones previo a una nueva oleada de bombardeos israelíes.

Los bombardeos implacables e indiscriminados a los que Israel lleva días sometiendo a la franja de Gaza han dejado a sus habitantes y a las agencias humanitarias que allí operan incomunicados con el mundo exterior.

Los cazas israelíes han destruido las infraestructuras de internet y las líneas telefónicas con el resultado de que la Media Luna Roja, la Organización Mundial de la Salud o Unicef han perdido totalmente el contacto con sus equipos en la franja.

Los números a los que llamar en caso de emergencia no funcionan, y las autoridades de Tel Aviv les han dicho a las agencias de prensa que tienen allí todavía a periodistas que no pueden garantizar su seguridad.

Algunos reporteros han muerto y todo apunta a que, al menos en algunos casos, fueron tiroteados por miembros de las fuerzas armadas de Israel.

Al Estado judío, que dispone de un poderoso aparato de propaganda en todo el mundo, no le interesa que se sepa lo que allí sucede, y la mejor forma es eliminar la presencia de medios de comunicación independientes.

«Israel nos ha aislado del mundo para mejor poder exterminarnos», declaró a la agencia Reuters un funcionario palestino que desoyó el llamamiento israelí a los gazatíes para que se trasladasen al sur de la franja y que declaró su orgullo de que haya combatientes palestinos ofreciendo fuerte resistencia.

De nada ha servido que la Asamblea General de las Naciones Unidas se pronunciase el pasado viernes con una mayoría de 120 y la esperada oposición de EEUU e Israel y la vergonzosa abstención de quince gobiernos europeos, a favor de un alto el fuego inmediato.

Cuando las Naciones Unidas muestran una vez más su impotencia frente a un Estado como Israel, que paradójicamente debe a esa organización su misma existencia, puede resultar difícil condenar sin más un gesto como el de Musk.

Y ello, por repugnante que sea que un particular pueda tomar una decisión de ese tipo al margen de la llamada comunidad internacional, que, por desgracia, no es últimamente sino un eufemismo que sólo designa a Occidente.

En este caso, Musk ha hecho algo que va claramente en el sentido del trabajo humanitario, pero ¿quién garantiza que en un futuro, él o cualquier otro individuo igualmente poderoso, decida justo lo contrario?

Es el peligro de permitir a los Estados saltarse a la torera el derecho internacional, algo que no ha dejado de hacer Israel prácticamente desde el momento mismo de su creación en 1948.

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