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El ataque de Hamás y la geopolítica de Oriente Medio

Aquel ataque de Hamás y otras tres organizaciones de liberación de Palestina sirvió no sólo para destruir el mito de la “invencibilidad” de Israel sino que contribuyó a movilizar a las masas árabes y musulmanas en general, mucho más radicalizadas que sus gobiernos

El Ejército israelí destruye residencias de altos cargos de Hamás en la ciudad de Gaza

El Ejército israelí destruye residencias de altos cargos de Hamás en la ciudad de Gaza / Israel Defense Forces

Joaquín Rábago

Joaquín Rábago

El ataque del pasado 7 de octubre contra Israel perpetrado por Hamás y otros grupos militantes calificados por Occidente de “terroristas” no sólo perseguía un intercambio de rehenes por presos palestinos sino también un claro objetivo geopolítico.

Ese ataque, que al parecer cogió por sorpresa al espionaje israelí, hizo saltar por los aires el intento estadounidense de lograr una aproximación entre todos los gobiernos árabes y el de Tel Aviv, con práctico olvido de la reivindicación palestina de un Estado propio.

Con los llamados “acuerdos de Abraham”, que fue una idea del equipo del ex presidente republicano Donald Trump, Estados Unidos trató de establecer un nuevo marco de “no hostilidad” del mundo árabe hacia el Estado sionista.

Washington veía en efecto con preocupación algunos movimientos como la readmisión de la Siria de Bashar al-Ásad, apoyada por Rusia, en la Liga Árabe, o el acercamiento, gracias a los buenos oficios de China, entre dos eternos enemigos como el Irán de los ayatolas y el régimen saudita.

Todo ello parecía entorpecer el objetivo estadounidense de consolidar su posición hegemónica en la región de Oriente Medio tras el derrocamiento de regímenes hostiles a Washington como el iraquí de Sadam Husein o el libio de Muamar el Gadafi, con Israel y Arabia Saudí como fuertes pilares e Irán como principal enemigo.

Y de hecho había ya negociaciones en marcha para la adhesión a esos acuerdos de Arabia Saudí, líder del mundo musulmán sunita, algo que causaba natural preocupación lo mismo entre los palestinos que en Teherán.

La acción de Hamás, seguida de los brutales bombardeos israelíes de la franja de Gaza en represalia por la humillación sufrida por el Estado sionista, frustró de inmediato la aproximación entre Riad y Tel Aviv que tanto anhelaba por Washington.

Aquel ataque de Hamás y otras tres organizaciones de liberación de Palestina sirvió no sólo para destruir el mito de la “invencibilidad” de Israel sino que contribuyó a movilizar a las masas árabes y musulmanas en general, mucho más radicalizadas que sus gobiernos en la cuestión palestina.

La “Tempestad de Al Aqsa”, nombre que se dio a la operación de Hamás y los otros grupos en referencia a la homónima mezquita de Jerusalén, tercer lugar más sagrado para los musulmanes, requirió meses, si no años de cuidadosa preparación.

Según algunos analistas, se trataba en principio de capturar a varias decenas de soldados israelíes para intercambiarlos por presos palestinos, y se calculó que la reacción israelí sería proporcional a la magnitud del ataque.

Pero una serie de circunstancias, entre ellas la celebración de un festival juvenil junto a la frontera con Gaza y el hecho de que la misma estuviese menos protegida de lo habitual, convirtieron el ataque de Hamás en una auténtica barbarie, sólo comprensible por la desesperación y la rabia de un pueblo durante décadas oprimido.

La consecuencia de todo ello es que ya nada podrá seguir como hasta ahora en Israel o Palestina: en Israel parece inevitable una crisis de gobierno que podría acabar con el hasta ahora insumergible Benjamín Netanyahu.

Y algo parecido podría suceder, aunque intentarán evitarlo EEUU y la UE, con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, el totalmente desacreditado Abu Mazen, a quien muchos acusan de no haber defendido lo suficiente a su pueblo, cuando no de colaboración con el Estado opresor.

Lo que no parece nada claro es que por fin vaya a negociarse en serio la posibilidad de un futuro Estado palestino porque qué superficie ocuparía cuando los israelíes no han parado de crear colonias ilegales en el territorio que, según la ONU, le corresponde.

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