Le Fumoir

El organillero de Montmartre

El organillero de Montmartre.

El organillero de Montmartre. / L. O.

Javier Puga Llopis

Javier Puga Llopis

Me gustan las mañanas en Montmartre. Bajo la rue Burq, donde asoma un castaño esplendoroso hoy desnudo, y aterrizo en Abbesses, su vena cava. El barrio ha perdido algo de la mala nota de hace unos años, esa que sólo tienen las ciudades que merecen la pena, manteniendo su bohemia frente a París, esa gran villa burguesa a los pies de la colina, ese socio ineludible. La plaza de Pigalle une y separa la historia de estas dos ciudades, pues Montmartre se considera serenísima república frente al tráfago de la capital de Francia.

Pigalle siempre fue su barrio rojo, aunque hoy lo es también de parejas jóvenes calzados con Vejas e hijos de un rubio preocupante. Tiene mucho de travelling de peli de los 70, de último tango con putas, dealers y borrachos. Un decorado de esa ciudad canalla a la que cantaba Dutronc en Il est cinq heures…Paris s´éveille y que Claude Lelouch atraviesa con su Ferrari en su carrera por la ciudad desde la antipódica Avenue Foch, en Rendez-vous, su corto de 1976. Los sex-shops y cabarés comparten acera con espetones de kebab y luminosas tiendas de souvenirs que rompen la unanimidad de la noche. Mientras los cafés de asepsia matcha y los restaurantes veganos se multiplican amenazantes como gremlins, todavía se ve en claroscuro alguna meretriz, una fotografía de Brassaï a pie firme en el frío mineral de las callejas tributarias de ese río de neones.

Montmartre es un modo de vivir, una comunidad foral aneja pero no ajena a París, una parroquia empeñada en preservar sus tradiciones, desde la fiesta de la vieira a la del vino nuevo. Porque Montmartre huele a vino. Lo habita un bastión de soldados de la vida, supervivientes de sus propios vicios y atrincherados frente al contagio burgués. Recorren sus calles sin prisa ni descanso, como si pisando el asfalto hicieran vigilia frente al invasor y vendimia de sus esencias.

En esa corte de los milagros el rey era sin duda Michou, un hombre oxigenado, siempre vestido de azul Klein e imitador de todas las estrellas de la ‘chanson’; una mezcla de Elton John y Marujita Díaz, propietario de un cabaré kitsch, donde una vez al año invitaba a cenar a todos los descamisados del lugar. Michou fue institución y su huella sigue indeleble en el que fue su reino.

Si Michou fue su rey, su zarina fue Dalida, cuyo palacio en lo alto de la ‘butte’ es lugar de peregrinación. Dalida fue una bella anomalía italo-egipcia que desde París triunfó en el mundo entero, con su acento inaudito y una voz profunda que conseguía llevarnos de la dicha a la melancolía en 3 minutos, un demiurgo entre Raffaella Carrà y Umm Kulthum.

Montmartre es una mesa redonda de gentes a las que, como en la cárcel o en el Cielo, nunca hay que preguntarles por su pasado, pues de él huyeron hacia la montaña. Hay allí petimetres pintorescos que a uno le generan simpatía. Uno de ellos es el organillero del barrio. Hoy lo he visto en Abbesses, junto a la pescadería que hace esquina con Lepic.

Gasta barba de lobo de mar y pone la mirada lejos, como oteando las tormentas que la vida anuncia con timidez, mientras su instrumento ronronea clásicos de la música francesa pasados bajo el cedazo monótono de su pianola. No pierde ripio de lo que a su alrededor sucede, mientras da vueltas a la manivela, cubierto con una gorra y ataviado con un bonito chaquetón de cuero verde, como recién salido del maquis. Del manillar de su triciclo cuelga un bote de hojalata en el que algunos viandantes dejan caer unas monedas, un cepillo dominical cuyo tintineo resuena en toda la calle en un eco de fugaz festejo.

A sus pies, junto al carromato, tiene el viejo apilados varios cartones punteados, las partituras que el organillo engulle antes de escupir sus versiones de Piaf a ritmo de chotis. El giro de la manija no puede ser demasiado ‘piano’, pues hay riesgo de hacer caer al peatón en una tristeza irreversible, ni demasiado ‘allegro’, pues las notas se atropellan entre sí y se precipitan al vacío.

Terminado su repertorio, recoge los bártulos y arrastra su instrumento y sus cien kilos de peso hasta el bistró más cercano. Lo aparca en una esquina, como si fuera su perro lazarillo, antes de acodarse en la barra y pagar con esa suma de voluntades el primer o segundo pastís del día, pues en Montmartre es de ley trabajar para vivir. Lo contrario, bien lo saben, sólo conduce a la muerte.

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