Opinión | EL PASEANTE
El carterista
Un juez ha ordenado a un carterista, en Málaga, que no se acerque al centro histórico. Se había especializado en turistas de crucero. El carterista, no el juez
Los humanos invertimos desproporcionadas cantidades de esfuerzo a la busca de quimeras. Cada quien persigue la suya aunque sepamos que el buitre del destino planea en círculos sobre cada momento y que es él quien determina la dosis exacta de éxito que acompasará nuestros pasos. Existen las ilusiones alcanzables y las que, a priori, parecen imposibles. Imaginemos la determinación con la que aquel sastre parisino se arrojó desde el primer piso de la Torre Eiffel para demostrar a sus espectadores que había diseñado un traje que le permitía volar. Un socavón en el suelo de cemento aún recuerda el punto de su caída. En el fondo, la pretensión de aquel adelantado a su época y a las técnicas aeronáuticas, se asemeja a la que todos albergamos en nuestro corazoncito; esto es, la de disponer de capital y de ausencia de horarios para dedicar nuestra existencia a aquello que, en realidad, nos gusta por encima de cualquier otra consideración. Y aquí las incógnitas podrían ser tantas como habitantes tiene el planeta. Si hubiéramos consultado a navegantes y exploradores de antaño en qué invertirían los posibles tesoros que anhelaban, incluso a aquellos buscadores de oro que desperdiciaron su caudal de lustros entre los campamentos de la California, dispondríamos hoy de una base de datos amplia sobre la condición humana. O sea, el devenir de nuestra especie ha generado individuos que prefieren realizar una inversión de tiempo en exclusividad y trufada de sacrificios con el fin de alcanzar un estatus que haga posible el disfrute de esa actitud que los italianos definieron como el «dolce far niente». Sin que emigremos de la Península Itálica, aunque en época romana, tal vez, el camino equilibrado lo halló Horacio cuando reflexionó sobre este anhelo de las fantasías y concluyó en que la felicidad rima con la austeridad y la renuncia a las excesivas pretensiones de fama, poder o riqueza.
Un juez ha ordenado a un carterista, en Málaga, que no se acerque al centro histórico. Se había especializado en turistas de crucero. El carterista, no el juez. Primero los manchaba con alguna bebida; luego, tras disculparse en perfecto inglés por su torpeza, les ayudaba a limpiar el lamparón infligido, instante en que les sustraía su cartera. Una exhibición de competencias digna de título universitario. Idiomas, una performance, tensión dramática suavizada mediante dotes comunicativas, junto con una selección conveniente de la presa que exige el despliegue de unas habilidades que lo califican como psicólogo. Además, no sólo tiene que intuir el dinero, sino si la víctima, según la personalidad que transpire, pertenece al grupo de quienes lo guardan en el bolso, en el bolsillo trasero del pantalón, o en el sujetador, a la antigua usanza. Por último, un carterista tiene que cultivar las artes de la prestidigitación y estudiar las particularidades de la percepción humana. Un chorizo solitario (así, en malagueño), de esos que no proceden como una manada de simios orientales a la busca del bocadillo que el transeúnte albergue en la talega, es un ilusionista que prefiere cobrar por su actuación sin que medien representantes ni promotores de tal espectáculo. Un profesional, así cualificado, encarna, además, los ideales horacianos a los que antes aludí. No pretende el contenido fastuoso de la caja fuerte de un banco, o de aquel tren correo británico, inspiración de películas y del que aún se habla. Elude esa violencia patrimonio de la vulgaridad lumpen. Sabe que si, por aparente ventura, se encontrara un billetero repleto de miles de euros habría cometido un error en alguno de los engranajes múltiples de esos talentos adivinatorios que conjuga para que su existencia transcurra entre los cauces, por él marcados, en las lindes del delito menor. A ver cómo le va a este humilde coleccionista de distracciones humanas en estos barrios malagueños donde ha sido confinado por una justicia que se esfuerza, todo lo que puede, en que sus decisiones sean incomprensibles para la ciudadanía.
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