Opinión | El cuerpo en guerra

Ana Castro

El abrazo

En las últimas semanas se ha hecho viral un vídeo de Bob Pop de un fragmento de una entrevista con Àngels Barceló en el que habla del abrazo, de la necesidad de abrazarnos más. Pero de abrazos de esos reales, apretaícos, en los que el cuerpo se detiene para traspasar un sentimiento a otro cuerpo o quizá simplemente para mostrar a la otra persona que estamos ahí, que puede contar con nosotros. Y es que hay ocasiones en las que un abrazo es la única respuesta válida posible.

A veces las palabras no son suficientes o, directamente, la lengua se vuelve pobre ante determinadas realidades que no caben en un código como medio. No, ni siquiera un «te quiero» dice tanto. El abrazo va mucho más allá: detiene el tiempo para situarnos ante la corporalidad del otro con toda su vulnerabilidad para que también nosotros nos desnudemos emocionalmente y bajemos todas las barreras para abrazar a esa persona en su totalidad. No importa el mal día que haya vivido o la situación vital que esté atravesando que el abrazo... Las palabras puede que no basten, que no consuelen, pero el abrazo... Rompe muros, frena un bombardeo, vuelve a unir los restos de nosotros mismos que habían quedado en el suelo...

Es un «estoy aquí contigo en medio de toda la mierda», «soy parte de tu ejército, no estás solo», «tranquilo, pasará», «sí, duele tanto, pero llegarán otras cosas», «lamento tu enorme pérdida»... Todo lo que el otro necesita y nosotros no alcanzamos a balbucear puede concentrarse en ese abrazo. Pero, para eso, ha de tratarse de un abrazo real, de los de varios minutos, de los que nutren, esos que quedan muy lejos de los saludos de «compadreo» y las palmaditas en la espalda. Este tipo de abrazos es a los que apelaba Bob Pop en sus declaraciones, que suscribo palabra por palabra: abracémonos más y durante más tiempo y un porcentaje significativo de nuestros problemas con amigos se reducirán. Lo de la familia ya... es más complejo.

Creo que, tras la pandemia, nos hemos acostumbrado a rozarnos menos. De hecho, reconozco que en mí ha dejado un poso de preocupación por la higiene que me hace desconfiar a la hora de tocar un plato común de comida que compartir. Detrás hay un «deseo con todas mis fuerzas que te laves las manos o uses gel hidroalcohólico». Pero también hay restos de esa distancia que durante meses nos fue impuesta que se nos ha quedado dentro sin que nos demos cuenta y que hace que seamos más recelosos, no nos demos dos besos tan fácil y alegremente como antes. Ha establecido una distancia mínima de separación interpuesta y... Sólo un abrazo es capaz de romper todas estas corazas y llegar allá donde lo necesitamos.

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