Opinión | Parece una tontería

Cara de asco

Ese día empieza a acercarse, a echarte el aliento en el cogote, se transforma en una atmósfera cargada, se asoma a tu pensamiento de vez en cuando, como un lejano rayo

El miércoles fue un día como cualquier otro, más o menos. Transcurrió bajo una normalidad tan minuciosa que se confundía perfectamente con un martes, la clase de día que, a última hora, acudes al dentista. Es lo que hice con mi hija, a la que acompañé a una revisión. Una revisión es un exceso de normalidad, tras el que se confirma que las cosas al final son un calco del principio. La odontopediatra, sin embargo, nos alertó de la necesidad de practicar lo antes posible la extracción de un par de piezas que deberían haberse caído por sí mismas, y que estaban provocando que las nuevas creciesen torcidas. De pronto, resultaba del todo imposible que el miércoles se confundiese con el martes. Era miercolísimo. Siguiendo instrucciones, nos dirigimos a admisión a pedir cita.

Helena no estaba en absoluto impresionada por la palabra «extracción». No iba a ser la primera vez. Hacía dos meses le habían retirado dos dientes de leche que entorpecían el desarrollo de los definitivos. El fantasma del dolor, que en aquel momento la había rondado, ahora se había esfumado por completo. Nada había que temer. Bromeamos sobre ello mientras una chica buscaba una fecha. Meneaba de vez en cuando la cabeza, gesto característico del escepticismo. Parecía no existir un resquicio en la cargada agenda de la odontopediatra. «Tenemos un hueco mañana a las seis y media. ¿Os va bien?», preguntó con el rostro iluminado. «Perfecto. Podemos. Genial», respondí rápidamente. Miré a Helena, que de repente tenía otro semblante.

«¿Mañana?», me preguntó con cara de asco. «Mañana es demasiado pronto, papá», añadió. No sabía cómo la entendía. Hay un tipo de planes, o compromisos, que uno sobrelleva porque se sitúan en un futuro no demasiado inmediato. No proyectan su sombra sobre las preocupaciones del ahora. De ellos esperas que se demoren, que tarden mucho en llegar. A mí me pasa: a menudo digo «Sí» a algunas propuestas porque se trata de charlas, conferencias, mesas redondas lo bastante alejadas en el tiempo –tres, cuatro meses– como para tener la sensación de que ese día no llegará nunca, y que no hay razón para angustiarse. Para el caso, no existe casi diferencia entre aceptar y rehusar la invitación.

Pero incomprensiblemente, ese día empieza a acercarse, a echarte el aliento en el cogote, se transforma en una atmósfera cargada, se asoma a tu pensamiento de vez en cuando, como un lejano rayo. Cuando restan un par de semanas aún te dices a ti mismo, es decir, te mientas, que falta bastante tiempo. Puedes pensar en otra cosa, participar de la ficción que a veces representa la esperanza. No estás tranquilo, pero no estás inquieto. Todo tiene solución. Pero entonces ya no quedan dos semanas, sino una, y tú te llevas las manos a la cabeza. No hay autoengaño que valga. El golpe de realidad te zarandea. Cómo el futuro acaba volviéndose una vulgaridad tan palpable, te lamentas. Ya no eres capaz de pensar en otra cosa. Qué broma pesada es esta, qué chiste, qué traición. Qué asco. Sinceramente, preferirías que te arrancasen una muela.

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