Opinión | Tribuna

25 años con Málaga

La Opinión no solo ha sido testigo de los cambios de la provincia, sino que además ha jugado un papel esencial para informar a los vecinos de Marbella de la evolución de la ciudad

El crotón de la redacción sigue vivo 25 años después.

El crotón de la redacción sigue vivo 25 años después. / L. O.

En abril de 1999 estrenábamos redacción en la calle Granada, 42; en el centro de Málaga. Esas semanas, hasta que salimos a los kioscos el 25 de mayo, las dedicamos a hacer números cero, prueba tras prueba, para encajar textos y páginas con un diseño muy atrevido entonces.

Las mesas de la redacción estaban distribuidas en grupos de cuatro, formando una especie de brigadillas de periodistas que se encargaban de diferentes temas. Y en cada grupo de esas mesas alguien, quizá un interiorista, colocó una maceta con una planta.

En concreto, eran unos crotones. Se trata de una especie tropical que tolera bien los ambientes ingobernables, es decir, lo que suele ser una típica redacción. Una redacción bulliciosa, en la que además se fumaba sin parar. Si recuerdan ustedes aquellos años, se encendían cigarrillos hasta en los aviones.

Pues no se lo van a creer, pero aún conservamos, 25 años después, una de esas plantas, que ha sobrevivido a un sinfín de avatares. Ya mide metro y medio y ocupa, como un extraño faro, una de las mesas de la nueva sede del diario, en la que trabajamos desde hace ya seis años, en la calle Salvago, junto al Thyssen.

Algunos miembros de la redacción ya son más jóvenes que nuestra sufrida planta. El crotón, que ha sido cuidado con esmero por uno de nuestros más entrañables periodistas, Alfonso Vázquez, tiene un significado simbólico, no representa nada concreto, pero sí que nos recuerda a diario de dónde venimos. De la ilusión, de la iniciativa, del trabajo incesante, del trabajo en equipo, del pensamiento crítico, del periodismo local, de la ética profesional, de la autocrítica y del orgullo y pasión por nuestra profesión.

Son los cimientos de nuestro diario, conceptos que no han sucumbido ante lo nuevo. Han dejado su huella y persisten. Perduran en el oleaje de nuestro actual mundo digital. Y eso, que perduren, para nosotros es un deber y quizá también un triunfo.

Los días previos a nuestra salida, aquel 25 de mayo, fueron días de concentración, de dudas, de sueño y de sueños, de neblinas, de prisas y de reflexión. Al final, como suele pasar, sin darnos cuenta, el misterio se desveló y todo aquel torbellino llegó a los kioscos convertido en un periódico: en La Opinión de Málaga. 256 páginas, 115 pesetas (0,69 euros).

En nuestra primera portada resplandecía un titular sobre la futura unión del puerto con la ciudad, una foto de entrevista de la entonces alcaldesa de Málaga, Celia Villalobos, y un pequeño artículo de presentación del primer director del periódico, Joaquín Marín.

Por entonces, estábamos rematando el siglo XX y había una especie de ansiedad colectiva por el temido Efecto 2000. Milosevic estaba acorralado por los bombardeos de la OTAN, el euro estaba a las puertas, falleció Rafael Alberti.

Se estrenaron películas como Matrix o el Club de la lucha, series míticas como Los Soprano o El ala oeste de la Casa Blanca. Microsoft intentaba arreglar el Windows 98 y Michael Jordan dejó la NBA y dio una oportunidad a las nuevas generaciones. Esta idea de renovación, de alguna manera, a diez mil kilómetros de distancia, en otro idioma y con afanes distintos, ese batir de alas de mariposa, ¿por qué no?, también nos acompañó hacia una ventana de oportunidad. La de aterrizar en Málaga de la mano de Prensa Ibérica con una nueva forma de ver el periodismo, de hacerlo más cercano, de romper un monopolio.

Aquella Málaga era distinta a cómo es ahora. Por la calle Larios aún circulaban los coches, no habían derribado el Silo del puerto, no existía el metro, ni nuestros relucientes museos de ahora.

Podría hacer una lista interminable y tediosa de las cosas que han cambiado, pero seguro que ustedes las tienen en la memoria.

Este viaje desde 1999 hasta ahora, estos 25 años de idas y venidas, lo hemos compartido con la provincia, con sus municipios, grandes y pequeños, y con la capital. Hemos viajado juntos y nos hemos transformado al mismo tiempo. Málaga ha buscado y hallado su luz y nosotros hemos encontrado en Málaga nuestro destino.

¿Es Málaga mejor ahora? ¿Y nosotros? Con todos los reparos que ustedes quieran poner, para mí, sin duda, hemos mejorado. Málaga ha crecido y madurado y nosotros con ella y probablemente gracias a ella.

Hay un aspecto que siempre me empeño en resaltar y es el de la complicada transición digital que hemos realizado. La metamorfosis que hemos afrontado ha sido una catarsis necesaria. Pero eso es algo que todos quienes estamos aquí sabemos que ha habido que abordar en cada campo profesional: correr mucho, formarse, planificar, invertir, convertir, convencer...

En este camino, hemos conseguido muchos logros, estamos bien, los datos de audiencia nos acompañan pero no he subido aquí a contarles únicamente eso. He subido también a darles las gracias, por apoyarnos, por darnos oportunidades, por tolerarnos y por creer en nosotros.

La historia de La Opinión de Málaga está construida no sólo con palabras, sino, sobre todo por personas. Desde los máximos responsables de Prensa Ibérica, Javier Moll y Arantza Sarasola, que hoy nos acompañan y que apostaron firmemente por este proyecto, a los periodistas que han ido pasando por nuestras mesas y los directores como el ya mencionado Joaquín Marín o Tomás Mayoral y Juande Mellado.

Todos los directores de La Opinión hemos vivido cambio de tiempos y tiempos de cambio, y todos hemos luchado por la transformación y el progreso del diario. Se jubiló el fax, se dijo adiós a los pequeños Mac de color verde que tuvimos en los primeros años del periódico, se modernizaron los sistemas informáticos, la manera de trabajar, nos adaptamos a las nuevas narrativas digitales... Y aquí estamos, caminando con la historia, con la gente y el progreso de Málaga, 25 años después.

Recuerdo que trabajaba con nosotros un afanoso ordenanza. Al pobre lo tuve una semana buscando un mapa topográfico de la provincia porque quería saber por dónde iba a pasar la dichosa carretera del Arco, aquella que debería ir de Marbella hasta Vélez Málaga por el interior y que nunca se concluyó.

Al ordenanza, Luis se llamaba, le encantaban este tipo de misiones especiales, muchas probablemente eran absurdas, aunque a él no se lo parecían. Porque ese era nuestro plan, creer que todo es importante y posible. Y todos empujaron. Ahora también.

Toda la plantilla está implicada en la vida del periódico, en mejorarlo y en hacerlo progresar. La clave es que este equipo, extensible a todos los departamentos del diario, cree en sí mismo y eso es un valor irreemplazable para quien lo dirige.

Esa cualidad, la de creer en nosotros mismos, por supuesto que no ha aparecido por ciencia infusa. Ha sido un trabajo colectivo, al que también contribuyeron de manera especial grandes personas que ya no están entre nosotros, como Santiago Betancourt, un entrañable periodista canario que fue subdirector del diario; Rafael de Loma, colaborador excepcional e historia del periodismo local; Olga Muñoz, una muy querida compañera que falleció demasiado joven; Aurelio Romero, un gran tipo y gerente fundamental de La Opinión durante muchos años. Y finalmente, Joaquín Marín, periodista sin concesiones, guardián de las esencias de este oficio, respetado y apreciado por todos quienes le conocimos.

Creo que La Opinión ha contribuido a una conversación pública sobre los asuntos más candentes en Málaga y en la comunidad andaluza, y ha informado de ellos con puntualidad y rigor.

«Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma», acuñó Arthur Miller en célebre adagio. La Opinión de Málaga es una voz hablándole a la provincia, a una provincia ágil y dinámica. Hablándole para que sea más crítica, más libre y más plural.

*Discurso de José Ramón Mendaza en la gala del 25 aniversario