Opinión | Viento fresco

Restaurantes y sorpresas

Han cerrado un chiringuito en Pedregalejo. Desde luego, hay trabajos más agradables que el de los inspectores. Desde aquí, mucho ánimo

Paseo marítimo de Pedregalejo.

Paseo marítimo de Pedregalejo. / L.O.

El Ayuntamiento de Málaga ha cerrado un chiringuito en Pedregalejo por «riesgo grave e inminente para la salud pública». Una inspección rutinaria, bendita rutina, halló falta de higiene notoria, mala conservación del pescado y cucarachas. Vivas y muertas, dice el expediente, tal vez redactado por un escrupuloso y riguroso funcionario que dio fe de la existencia de cadáveres pero también de lo vivas que estaban algunas. Desde luego que hay oficios más agradables que otros.

Dos conclusiones: una, las inspecciones funcionan. Dos: la de porquería que nos habrán dado en tantos y tantos restaurantes. Mejor no pensarlo. En esto de las cocinas de los restaurantes, a veces pasa como con los cuernos: quizá es mejor no enterarse. Ojos que no ven, asco que no te da. Se vive feliz en la ignorancia: haz lo que quieras en la cocina pero tráeme los platos impolutos. Claro que, cuando hay cucarachas de por medio, todo cambia. Es el animal repugnante por antonomasia. Solo nombrarlas parece que las atrae. La autoridad municipal ha dado quince días para que se adecente el chiringuito. Supongo que así tendremos seguridad de que lo que viene espetado son sardinas.

La hostelería está sometida a severos controles y hay que tener confianza, aunque a veces paguen justos por guarrones. En ocasiones juzgamos a una familia por su indumentaria pero habría que juzgarla por el estado de su cocina. A un restaurante hay que pedirle que haga la cuenta limpiamente. Hay quien limpia la servilleta con los labios. No pocos opinan que más vale lo malo con cocido. En los restaurantes chinos siempre hay alguien que acaba pagando el pato. Si con la comida me engañan me siento estofado. El mejor restaurante en el que he entrado es un libro: La casa de Lúculo, de Julio Camba.

Cocinero impostor: no sabe hacer la bechamel. Hay que fundar un subgrupo de novela negra: el asesino es siempre el sumiller. Desde mi cocina lo proclamo: no en todos los sitios cuecen habas.

Animamos desde esta columna a los inspectores: que vayan con el estómago vacío, que realicen concienzudamente su trabajo y que redacten una guía gastronómica.

La felicidad es estar en nuestro restaurante de cabecera y, una vez realizado el pedido, dar el primer sorbo a una cerveza fresca o a un buen vino. Las sorpresas son plato de mal gusto.